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  • 01/29/13--16:54: Corrupción y capitalismo
  • (Antorcha.org)


    Se ha abierto la tapa de la alcantarilla y no deja de salir mierda. Las corruptelas surgen por doquier. Alcaldes y concejales de todas las latitudes del Estado se muestran muy aficionados a recibir comisiones por hacer la vista gorda para que las constructoras sigan especulando y construyendo a mansalva en terrenos urbanizables o no. Es una auténtica epidemia. Como se suele decir, no se salva ni el tato. Aquí el que no pilla es porque no quiere. Hasta la Pantoja está metida en el ajo.


    ¿Pero a alguien le podía extrañar todo esto que está ocurriendo? El capitalismo es corrupción. Ni más ni menos. La corrupción no es una anomalía ni una disfunción del sistema. Es su misma esencia. El capitalismo se erige sobre la corrupción. Su máxima es todo se compra y todo se vende. Y en un sistema donde todo gira en torno a esta lógica, la podredumbre no puede sino extenderse y abarcarlo todo.


    Y, efectivamente, lo abarca todo. Las corruptelas de los alcaldes y concejales son sólo la punta de un enorme iceberg. Éstos, parafraseando el título de una película de Woody Allen, son sólo unos granujas de medio pelo. Lo más bajo dentro de la escala social de los delincuentes. Son, además, la coartada tras la que se están ocultando las grandes, gigantescas corrupciones en las que se mueven, no unos pocos millones de euros, sino cientos y cientos de millones de euros.


    En todos estos escándalos que están saliendo a la luz sólo se habla de pequeñas o medianas inmobiliarias o constructoras, de alcalduchos y concejalillos del tres al cuarto, de nuevos ricos horteras y casposos como Roca y otros. Pero de las corrupciones de las grandes empresas y los grandes bancos, de los multimillonarios como Botín y compañía, de los políticos de postín no se oye ni una palabra.


    Los grandes trapicheos quedan en la sombra. Este tipo de basura se esconde bajo la alfombra. No pueden salir a la luz. De otro modo, se vería hasta qué punto el capitalismo español, al igual que el resto de capitalismos, es un enorme montón de mierda, una fosa séptica a rebosar.


    No se habla de cómo los consejos de delegados del BSCH o el BBVA roban a sus propios accionistas, ocultándoles beneficios que se embolsan en sus nunca suficientemente repletos bolsillos; de cómo evaden impuestos por medio de eso que llaman ingeniería financiera, en la que son unos auténticos expertos; de cómo blanquean dinero procedente del narcotráfico... El mismo narcotráfico es otro negocio capitalista, como las finanzas, la construcción, el turismo, etc. Se diferencia en que está declarado ilegal. Pero, en el capitalismo, lo legal y lo ilegal se confunden, sus fronteras no son nítidas. Lo importante es hacer negocio, ganar dinero. El modo en que eso se haga es una cuestión accesoria. Si para obtener beneficios hay que envenenar a la gente, sobornar, delinquir, dar golpes de Estado, asesinar, provocar guerras, bombardear civiles... se hace. El negocio lo es todo. Todo empieza y termina en el negocio. Fuera de él no hay nada. Esto, y no otra cosa, es el capitalismo.


    No se habla tampoco de los enormes pelotazos urbanísticos y especulativos de constructoras e inmobiliarias como Dragados, ACS, Sacyr, Metrovacesa... De esto nada se oye. ¿Acaso alguien piensa que estas empresas han llegado a convertirse en lo que son sin robar, sin hacer todo tipo de trampas, sin sobornar? Eso no sucede en el mundo capitalista. El mundo capitalista es el mundo del hampa. Entre un gran banco o una gran constructora y la mafia napolitana existen muchas menos diferencias de las que se piensan; sus diferencias, de hecho, son apenas de matiz.


    También permanece en las tinieblas cómo el señor Polanco, es decir, el grupo PRISA ha llegado a levantar un monopolio mediático tan inmenso como el que tiene hoy, que abarca periódicos, varias televisiones, radios, editoriales... El grupo PRISA se ha convertido en lo que es gracias a su sucursal política, que no es otra que el PSOE, el cual, con González y ahora con Zapatero, no ha hecho más que abrirle camino para su expansión, suavizando o reinterpretando determinadas leyes, otorgándole licencias de todo tipo, etc.


    Podríamos hablar igualmente de los trapicheos de Repsol en Latinoamérica, que se ha dejado un buen dinero en sobornos de funcionarios para seguir robando a manos llenas los recursos naturales de los empobrecidos países de la zona, para no pagar impuestos...


    En fin, que no se salva ni dios. Todos están metidos hasta las cejas en la misma charca de lodo.


    Y si hay que hablar de corrupción, por qué no hablar de cómo el Estado no es sino el servidor fiel, la prostituta de la oligarquía financiera, el instrumento del que se vale para mantener en pie su chiringuito, que tan formidables beneficios le reporta.


    Todo el Estado está a su servicio. Ni una sola de sus instituciones se salva. El parlamento es una farsa, una gran mentira. Allí no reside ni ha residido nunca la llamada voluntad popular, que, entre otras cosas, no puede expresarse en un país donde los únicos partidos y proyectos políticos que están permitidos son aquellos que comulgan con el sistema. Los partidos parlamentarios, de izquierda o de derecha, representan siempre a uno u otro sector oligárquico o burgués; no al pueblo. El parlamento no tiene otra función que gestionar los intereses capitalistas. Promueve reformas laborales cada vez más restrictivas para con los derechos de los trabajadores, sus planes económicos no tienen otro objetivo que mantener o aumentar los márgenes de beneficio de la patronal; aprueba leyes para la represión del movimiento obrero y popular, como la Ley de Partidos, con la que se proscribe y criminaliza, aún más de lo que ya estaba proscrita y criminalizada, toda ideología, toda organización política que se salga de los estrechos márgenes del pensamiento único, del fascismo constitucional que heredamos directamente del Caudillo... La Justicia, con la inquisitorial Audiencia Nacional a la cabeza, y la policía no son otra cosa que el brazo armado del capitalismo, sus perros de presa, dispuestos a lanzarse sobre cualquiera que se oponga a este régimen de explotación y opresión. No están para proteger al ciudadano, como pretenden hacernos creer constantemente.
    Sí, todo está corrompido, podrido, viciado. Todo hiede. Hay que acabar con la corrupción. Hay que acabar con el capitalismo.




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    Las enseñanzas de la revolución


    La derrota de la revolución no hizo vacilar ni un instante la convicción profunda de Marx, científicamente fundamentada, de que la causa a la que había consagrado su vida era grande y justa. El jefe del proletariado revolucionario no adolecía del desconcierto, abatimiento y falta de fe tan peculiares en aquel entonces en los dirigentes de la democracia pequeño-burguesa. Aguantó igualmente con gran firmeza los duros sufrimientos y privaciones que hubo de soportar cuando él y su familia se vieron en el extranjero sin un céntimo en el bolsillo.


    En cuanto llegó a Londres, Marx se puso a preparar la edición de la revista Nueva Gaceta del Rin. Revista política y económica. En los seis números de la revista editados en Hamburgo en 1850 se publicaron algunos trabajos de Marx y Engels que trataban de los resultados de la revolución de 1848 en Francia y en Alemania.


    A fines de 1849, el Comité Central de la Liga de los Comunistas reanudó su actividad. En marzo de 1850, Marx y Engels escribieron y enviaron a las comunas de la Liga el Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas. En este documento, de importancia extraordinaria, se analizaban las enseñanzas de la revolución de 1848-1849 en Alemania y las perspectivas de una futura revolución, y se esbozaba la táctica del partido proletario en ella. La conclusión principal a que se llega en el Mensaje es la de que, en la futura revolución, a diferencia de la de 1848, el partido obrero deberá actuar de la manera más organizada, más unánime y lo más independiente posible. En contraposición a los pequeño-burgueses, que, al llegar al poder, procurarán dar por terminada la revolución lo antes posible, la tarea del partido obrero consistirá en hacer la revolución permanente... Para nosotros no se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de crear otra nueva.


    La idea de la revolución permanente, cuyos fundamentos estaban ya en la Nueva Gaceta del Rin, fue formulada en el Mensaje con mucha más amplitud. Esta idea fue desarrollada en la teoría de Lenin acerca de la transformación de la revolución democrático-burguesa en revolución socialista, confirmada en los combates revolucionarios de 1917 y en el triunfo de la Revolución Socialista de Octubre.


    En otoño de 1850, Marx y Engels llegaron a la conclusión de que la nueva situación histórica de auge económico y de fortalecimiento de la reacción en Europa excluía el estallido de la revolución en un futuro inmediato. Sopesando serenamente las particularidades de aquella nueva situación histórica, los fundadores del comunismo científico exigieron que se revisara la táctica del partido y se modificaran las formas de lucha. La nueva situación imponía la necesidad de llevar a cabo una tenaz y escrupulosa labor de agrupación de fuerzas, de preparación sistemática de estas fuerzas para una futura revolución. No obstante, algunos miembros de la Liga de los Comunistas, con Willich y Schapper a la cabeza, propusieron, sin tener en cuenta las condiciones históricas objetivas, planes aventureros de preparación de un levantamiento armado en Alemania. En la reunión del Comité Central de la Liga, celebrada el 15 de septiembre de 1850, Marx hizo una profunda crítica de la línea conspiradora, sectaria y voluntarista de Willich y Schapper y demostró lo peligroso que era el aventurero juego a la revolución. Marx, aunque le apoyaba la mayoría de los miembros del Comité Central, hizo todo lo posible por mantener la unidad de la Liga de los Comunistas. Pero el grupo de Willich-Schapper provocó la escisión. El Comité Central se trasladó de Londres a Colonia para contrarrestar la labor de desorganización de los elementos ultraizquierdistas y sectarios.


    Al mismo tiempo que trabajaba en la Liga de los Comunistas, Marx dedicaba muchas energías a la síntesis teórica de la experiencia de las revoluciones de 1848 a 1849. Fruto de esta labor fueron sus obras: Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, escrito en 1850, y El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, escrito en 1852.


    En las obras mencionadas, Marx dio un ejemplo de aplicación del materialismo histórico al estudio de los acontecimientos históricos concretos. En ambos trabajos, la profundidad del análisis va unida a la maestría de un brillante literato, y la objetividad científica del sabio, a la pasión revolucionaria del luchador político. Sintetizando la experiencia de la lucha del proletariado y de las masas trabajadoras en la época borrascosa de la revolución, cuando la actividad, la iniciativa de las masas populares y su papel creador en el proceso histórico se manifiestan con la mayor fuerza, Marx enriqueció su teoría con nuevas conclusiones de suma importancia. Éstas se refieren, principalmente, a dos problemas: a las relaciones entre el proletariado y los campesinos y a la actitud del proletariado hacia el Estado.


    La experiencia de la revolución francesa y de la insurrección proletaria de junio (1848), en particular, convencieron a Marx de que la clase obrera no podría destruir el régimen burgués si las masas campesinas no se levantaban contra la dominación del capital, si no se adherían al proletariado, aceptándolo como su dirigente. Al poner de manifiesto la naturaleza doble y contradictoria del campesino, como trabajador y como propietario, Marx demostró que, comprendidos acertadamente, sus propios intereses debían impulsar a los campesinos a la alianza con el proletariado urbano. Los campesinos... encuentran su aliado y jefe natural en el proletariado urbano, que tiene por misión derrocar el orden burgués. En su carta a Engels del 16 de abril de 1856, Marx formuló como sigue esta conclusión política, sumamente importante: Todo el problema, en Alemania, dependerá de la posibilidad de respaldar la revolución proletaria con una especie de segunda edición de la guerra campesina. Esta idea de Marx fue desarrollada en la teoría leninista de la revolución socialista realizada no por el proletariado aislado contra toda la burguesía, sino por el proletariado erigido en la fuerza hegemónica y que tiene como aliados a los elementos semiproletarios de la población, es decir, a los millones de seres de las masas trabajadoras y explotadas.


    La rica experiencia política de las revoluciones de 1848 y 1849 permitió a Marx desarrollar y concretar su teoría del Estado. Marx empleó por primera vez la fórmula clásica de dictadura del proletariado en su obra Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. Como demostró Marx, el socialismo científico, contrariamente a las distintas variedades del socialismo burgués, pequeño-burgués y utópico, es la declaración de la revolución permanente, de la dictadura de clase del proletariado como punto necesario de transición para la supresión de las diferencias de clase en general, para la supresión de todas las relaciones de producción en que éstas descansan, para la supresión de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, para la subversión de todas las ideas que brotan de estas relaciones sociales. Al definir la actitud del proletariado hacia el Estado, Marx decía en su obra El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte que todas las revoluciones anteriores habían reforzado y perfeccionado la vieja máquina estatal, convirtiendo este aparato administrativo y militar en un arma, cada vez más potente, de represión contra las masas oprimidas. La tarea de la revolución proletaria consiste en destruir, demoler la vieja máquina estatal. Todas las revoluciones perfeccionaban esta máquina, en vez de destrozarla. Lenin señalaba que esta conclusión es lo principal, lo fundamental, en doctrina del marxismo sobre el Estado.


    La importancia que Marx concedía a su teoría sobre el Estado, sobre la dictadura del proletariado, se aprecia en su carta a Weydemeyer del 5 de marzo de 1852, en la que dice: Por lo que a mí se refiere, no me cabe el mérito de haber descubierto la existencia de las clases en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto ya el desarrollo histórico de esta lucha de clases y algunos economistas burgueses la anatomía de éstas. Lo que yo he aportado de nuevo ha sido la demostración de:


    — que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas del desarrollo de la producción:
    — que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado;
    — que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de las clases sociales
    .


    Así, pues, la lucha del proletariado y de las masas trabajadoras en los años de la revolución proporcionó una rica experiencia que permitió seguir impulsando la teoría revolucionaria del proletariado y los fundamentos de la estrategia y táctica del partido proletario. Marx y Engels formularon su teoría de que la insurrección es un arte, partiendo, concretamente, de las enseñanzas de la insurrección de junio en París y de la insurrección de mayo de 1848 en el suroeste de Alemania.


    Al mismo tiempo que sintetizaban la experiencia de las revoluciones de 1848 y 1849, los fundadores del comunismo científico seguían desplegando una intensa actividad para agrupar a los obreros de vanguardia, para consolidar la Liga de los Comunistas. Esta organización dirigida por Marx inquietaba cada vez más al Gobierno de Prusia. Para poner término a las actividades de la Liga, la policía prusiana, en mayo de 1851 llevó a cabo detenciones entre los obreros en algunas ciudades de Alemania y, basándose en denuncias falsas y documentos torpemente fabricados, amañó un proceso contra los comunistas en Colonia.

    Marx dejó de lado todo su trabajo para dedicarse a desenmascarar la falsificación de esos documentos y ayudar en todo a sus camaradas acusados. Pero estos hombres habían sido ya condenados de antemano, pues ellos representaban al indefenso proletariado revolucionario ante un tribunal que defendía los intereses de las clases dominantes. En el folleto Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia, Marx, puso al desnudo las sucias maquinaciones del Gobierno de Prusia, de su policía y sus tribunales. Debido a la detención de varios miembros del Comité Central de la Liga de los Comunistas, residentes en Colonia, quedaron rotos los lazos que unían a Marx y a Engels con el continente, y, de hecho, la Liga misma dejó de existir en Alemania. A propuesta de Marx, la Liga de los Comunistas se declaró disuelta en noviembre de 1852.


    Sin embargo, los mejores militantes de la Liga de los Comunistas, formados por Marx y Engels, continuaron propagando la teoría revolucionaria, educando a las masas obreras y preparándolas para futuros combates revolucionarios.


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    Los años de la reacción


    Después del aplastamiento de las revoluciones de 1848 y 1849 se estableció en Europa la más negra reacción. Las organizaciones revolucionarias fueron destruidas, y muchos de los mejores representantes de la clase obrera se vieron encarcelados a constreñidos a emigrar. Fue aquél un período muy duro para Marx, pues tuvo que hacer frente a las innumerables calumnias de sus enemigos y a grandes privaciones económicas. Los periódicos y las revistas, las editoriales y las cátedras universitarias, todo quedó cerrado para el genial pensador y revolucionario. Sin embargo, su profundísima fe en la justeza de la causa que defendía, su invencible optimismo, basado en la comprensión científica de las leyes objetivas del desarrollo social, y su firmeza y jovialidad no abandonaron a Marx en ningún momento.


    En aquellos difíciles años, Marx contó con la gran ayuda y apoyo de Engels, su abnegado camarada. En 1850 Engels se trasladó a Manchester y se colocó en una oficina, sufragando parte considerable de los gastos de Marx y su familia. Los dos amigos se quejaban ahora a menudo de su suerte, que no les permitía vivir y luchar juntos, como en los buenos tiempos de la Nueva Gaceta del RinMe da rabia -escribía Marx a Engels- que ahora no podamos vivir juntos, trabajar juntos, reírnos juntos.


    El principal medio de comunicación entre Marx y Engels y la forma de su colaboración creadora pasó a ser en aquel período la correspondencia que mantenían casi a diario y que constituía un verdadero laboratorio del pensamiento científico y político. Señalando el gran valor científico de sus cartas, Lenin definió su contenido fundamental del siguiente modo: Si intentáramos definir con una sola palabra lo que podríamos llamar el foco de toda su correspondencia, es decir, el punto donde se reúnen todas las ideas expresadas y discutidas, esa palabra sería el vocablo dialéctica. La aplicación de la dialéctica materialista a la revisión de toda la economía política desde su nacimiento mismo, así como a la historia, las ciencias naturales, la filosofía y la política y la táctica de la clase obrera, es lo que más interesa a Marx y Engels; y ésa es su aportación más original e importante; en eso consiste su genial paso adelante en la historia del pensamiento revolucionario.


    A pesar del marasmo político reinante, Marx no cejaba en su labor de educar a los cuadros revolucionarios del proletariado y seguía manteniendo contacto con sus partidarios residentes en Inglaterra, Alemania, Francia, Estados Unidos y otros países.


    Ahora, empero, podía centrar principalmente su atención en la elaboración de su doctrina. Un infatigable trabajo intelectual le permitió sintetizar las experiencias históricas de su época, seguir de cerca los progresos de todas las ramas del saber y asimilar de manera crítica cada nuevo logro del pensamiento científico. Marx valoró con perspicacia la importancia de toda una serie de grandes descubrimientos en las ciencias naturales, y, particularmente, la obra de Darwin sobre el Origen de las especies por vía de selección natural. Este libro -escribía Marx a Engels- da la base histórico-naturalista para nuestras concepciones. Marx seguía interesándose mucho por la historia de épocas y pueblos diversos, y analizó y resolvió toda una serie de importantes problemas teóricos de las ciencias históricas.


    Pero el objeto principal de las investigaciones científicas de Marx en los años 50 y 60 fue la economía política. Del mismo modo que en el período anterior a 1848 lo habían sido los problemas de la concepción del mundo -los principios filosóficos del comunismo científico- y en 1848-1852 el desarrollo de las ideas políticas y la estrategia y la táctica del proletariado, ahora pasaba a ocupar el primer plano la parte menos elaborada del marxismo: la ciencia económica.


    A pesar de las duras condiciones de vida de Marx en la emigración, Inglaterra, el país capitalista más desarrollado en aquel entonces, era el sitio más conveniente para el estudio de la economía del capitalismo. En la biblioteca del Museo Británico, donde trabajaba casi diariamente desde las 9 de la mañana hasta las 7 de la tarde, encontró Marx una cantidad de material enorme para sus investigaciones. Su extremada honradez científica y su implacable espíritu autocrítico obligaron a Marx a reunir todo un Mont Blanc de hecho y volver a examinar una u otra cuestión cuando la vida le proporcionaba hechos y materiales nuevos. Para efectuar sus investigaciones económicas, estudió la historia de la técnica, química agrícola, geología, matemáticas y otras ciencias.


    Marx pensaba terminar ya para 1851 la obra en tres tomos en que exponía su doctrina económica, pero las circunstancias le impidieron ver cumplido su deseo. La causa de ello no sólo fue la meticulosidad que se imponía en su trabajo, sino también la penosa miseria crónica en que vivía su familia.


    Mientras Engels estuvo ganando un modesto sueldo de oficinista, su ayuda a la familia de Marx no pudo ser muy grande. En ocasiones, Marx tenía que empeñar su última levita y condenarse a arresto domiciliario. A veces el pan y las patatas eran, durante semanas enteras, el único alimento de su familia.


    La constante lucha contra la miseria costó mucho a Marx y a su esposa: en los primeros años de su vida en Londres perdieron tres hijos. Un golpe particularmente terrible fue para Marx la muerte de su hijo, de ocho años, Edgar Musch, el gorrioncillo, como le llamaban sus familiares. Después de enterrar a su hijo, Marx escribió a Engels: He sufrido muchas desdichas, pero sólo ahora sé lo que es el verdadero dolor... En medio de los sufrimientos horribles que he tenido estos días siempre me ha confortado tu recuerdo, el de tu amistad, y la esperanza de que tú y yo aún hemos de hacer algo razonable en este mundo.


    Pero en la vida privada de Marx, no todo eran penas y sufrimientos. Su familia fue feliz como pocas. Un profundo amor le unía a Jenny, la cual no solamente compartía la suerte, el trabajo y la lucha de su marido, sino que, además, tomaba en ellos parte activa con un espíritu altamente consciente y un apasionado entusiasmo. El amor y la amistad unían a todos los miembros de la familia. Era el mejor amigo de sus hijas. Sus parientes y amigos le llamaban El Moro por su pelo, negro como el alquitrán. A medida que crecían Jenny, Laura y Eleonora (nacidas en 1844, 1845 y 1851) Marx les iba dando a conocer toda la riqueza de la cultura humana. Gran conocedor de la literatura mundial, Marx amaba sobremanera las obras de Homero y Esquilo, Shakespeare y Filding, Dante y Cervantes, Diderot y Balzac. El mismo leía a sus hijas Las mil y una noches, el Canto de los Nibelungos, las obras de Homero y, particularmente, las de Shakespeare, que eran objeto de culto en la familia de Marx. Recordando a su padre, su hija Eleonora escribía: A quienes hayan dedicado su vida al estudio de la naturaleza humana no les extrañará que un luchador tan inflexible pudiera ser al mismo tiempo el más bondadoso y tierno de los hombres. Ellos comprenderán que si sabía odiar con pasión era precisamente porque era capaz de amar con toda su alma; que si su pluma mordaz podía llevar a alguien al infierno, como sólo había sido capaz de hacerlo Dante, ello se debía, justamente, a su fidelidad y a su ternura; que si su humorismo sarcástico podía corroer como un ácido, este mismo humorismo tranquilizaba a los menesterosos y a los oprimidos.


    Los asiduos de Marx recordaban con cariño a Elena Demuth, a cuyo cargo corrían los quehaceres domésticos y que compartía todas las penas y alegrías de la casa como un miembro de la familia. Una gran dicha para Marx y su familia fue la de tener muchos y fieles amigos, el mejor de los cuales fue siempre Engels.


    Cuando, en agosto de 1851, el periódico progresista de mayor tirada de Estados Unidos, el New York Daily Tribune, le propuso ser su corresponsal en Europa, Marx aceptó. Pero como estaba ocupado hasta la coronilla con la Economía política, pidió a Engels que escribiera una serie de artículos sobre Alemania. Así apareció en el New York Daily Tribune el magnífico trabajo de Engels Revolución y contrarrevolución en Alemania. Para que Marx pudiese dedicarse a redactar su obra económica, Engels le ayudaba sistemáticamente escribiendo artículos, particularmente sobre temas militares, a lo largo de los diez años que Marx colaboró en el periódico. Marx confiaba plenamente en su ministerio de la guerra en Manchester. Pero, no obstante, el periódico le restaba mucho tiempo, pues los artículos que él escribía eran verdaderamente científicos, investigando a fondo cada uno de los problemas de que trataba. Seguía siendo fiel al principio que había proclamado ya en los albores de su actividad literaria: El escritor, como es natural, debe ganar dinero para tener la posibilidad de existir y escribir, pero lo que no debe hacer en absoluto, es existir y vivir para ganar dinero.


    Su colaboración en el New York Daily Tribune, así como en la Nueva Gaceta del Oder en 1854-1855, daba a Marx la posibilidad de influir, en cierta medida, en la opinión pública. El único afán que inspiraba los numerosos artículos de Marx sobre la India, China, la revolución en España y la guerra de secesión, que aparecían en el New York Daily Tribune, era respaldar toda lucha progresista, revolucionaria, contra la reacción y la opresión nacional, prestar apoyo a todo movimiento democrático y popular, que acrecentaba las fuerzas de la revolución y creaba condiciones más favorables para los futuros combates del proletariado contra la esclavitud capitalista.


    En una serie de artículos, Marx analizó el desarrollo económico de Inglaterra y su régimen político. Marx denunciaba coléricamente la hipocresía y el engaño que saturaban toda la vida política de Inglaterra, el sistema de sobornos y coacciones con que la burguesía se aseguraba una mayoría parlamentaria dócil y sumisa.


    Marx prestaba gran atención al movimiento obrero inglés. Con Engels, se esforzaba por ayudar a G. Harney y E. Jones, dirigentes del ala izquierda de los cartistas, a que el movimiento resurgiese sobre una base nueva socialista. Escribí a artículos para los periódicos de Jones Notas para el pueblo y la Gaceta popular y le ayudaba también a redactar los periódicos. Pero la situación no era propicia al resurgimiento del cartismo. Además de las causas generales, relacionadas con el período de la reacción que siguió a la derrota de las revoluciones de 1848-1849, había otras específicas que también contribuían a que el movimiento obrero revolucionario inglés decayese. Como señalaban Marx y Engels, los capitalistas ingleses recibían enormes superganancias, fruto de su monopolio industrial y colonial, y dedicaban parte de ellas al soborno de la aristocracia obrera. Esa política hizo que las capas formadas por el proletariado inglés de mayor calificación profesional tomasen la vereda de una lucha mezquina por pequeñas concesiones dentro del marco del capitalismo.


    Marx denunció indignado la política colonial que Inglaterra aplicaba en la India y que causaba la depauperización y la muerte de ingentes masas humanas. En 1857, cuando estalló en la India un levantamiento por la liberación nacional, contra los colonialistas británicos, Marx alzó su voz en defensa del pueblo oprimido. Analizando la política colonial inglesa, Marx llegó a la conclusión de que el pueblo de la India no podría liberarse de las calamidades y humillaciones que sufría, mientras el proletariado no subiese al poder en Inglaterra o mientras el pueblo de la India no se hiciera lo bastante fuerte para poder sacudirse el yugo de los colonialistas.


    De la misma simpatía a las masas populares en lucha por la independencia de su país están saturados los artículos de Marx acerca de China, escritos con motivo de las guerras anglochinas y de la insurrección de Taiping.


    En 1854-1856, con motivo de los acontecimientos revolucionarios en España, Marx escribió una serie de artículos en los que hizo una concisa reseña de la historia de nuestro país y analizó las causas y el carácter de la lucha que se desarrollaba en él.


    La crisis económica mundial que empezó en 1857 y la inminencia de grandes acontecimientos políticos en Europa obligaron a Marx a acelerar sus investigaciones sobre economía política. El fruto de su intenso trabajo de muchos años fueron los gruesos manuscritos económicos de 1857-1858 publicados por primera vez en 1939-1941 por el Instituto de Marxismo-leninismo anexo al Comité Central del PCUS, en alemán, con el título de Grundrisse der Kritik der politischen Okonomie (Fundamentos de la crítica de la Economía política). En estos manuscritos se refleja una etapa muy importante de la formación de la teoría económica de Marx, en la crítica de la economía política burguesa. Contienen varias tesis teóricas que, posteriormente, fueron formuladas de una manera clásica en El Capital. Lo principal en estos manuscritos es que, en ellos, Marx expone en rasgos generales los fundamentos de su teoría de la plusvalía. Refiriéndose a este gran descubrimiento, Engels dijo: Marx elaboró él solo la teoría de la plusvalía en los años 50, negándose con tenacidad a publicar datos sobre ella hasta que se aclarasen completamente todas sus conclusiones. Los manuscritos contienen también ideas teóricas de Marx sobre la futura sociedad comunista, sobre el desarrollo, jamás visto, que las fuerzas materiales y espirituales alcanzarán en ella. En el esbozo inconcluso del Exordio a estos manuscritos, Marx dilucida cuestiones decisivas referentes a la economía política, su método, y otros muchos problemas.


    Al preparar sus manuscritos económicos para darlos a la imprenta, Marx revisó todo lo que tenía escrito. En junio de 1859 vio la luz el primer cuaderno de la obra de Marx Contribución a la crítica de la economía política, con la primera exposición sistematizada de su teoría del valor, incluyendo la teoría del dinero.


    El Prefacio de esta obra tiene enorme valor científico; contiene la siguiente formulación, genial por su precisión y laconismo, de la esencia de la comprensión materialista de la historia, descubierta por Marx: En la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones, necesarias e independientes de su voluntad, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona los procesos de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su existencia, sino, al contrario, su existencia social la que determina su conciencia. Al llegar a determinada fase de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de éstas, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, esas relaciones se convierten para ellas en trabas. Y entonces comienza una época de revolución social. El capitalismo es el último régimen social antagónico, de clases. Con él, según palabras de Marx, termina la prehistoria de la humanidad.




    Después de haber sido publicado el primer opúsculo de la Contribución a la crítica de la economía política, Marx consideraba necesario efectuar un trabajo complementario para poner en claro para sí mismo ciertas conclusiones y dar a su obra un carácter acabado, pero se lo impidieron los grandes acontecimientos internacionales del año 1859.

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    El auge de los movimientos democrático-burgueses


    Como Marx había previsto, la crisis económica, que se inició en 1857, tuvo importantes consecuencias políticas. Los problemas que no se habían resuelto en la revolución de 1848 resurgieron con fuerza renovada. Su atención la absorbieron el recrudecimiento de la lucha de Italia por la unidad del país y su liberación del yugo austríaco y el movimiento por la unificación de Alemania. Esta vez, lo mismo que en 1848, la principal preocupación de Marx era que los movimientos democrático-burgueses se hicieran más amplios y más potentes gracias a la participación de masas más vastas y más plebeyas, de la pequeña burguesía en general, del campesinado en particular y, por último, de las clases desposeídas. Todos los artículos de Marx correspondientes a este período, lo mismo si tratan de Italia o de Alemania que de Polonia o de Rusia, reflejan esa preocupación.


    Durante la guerra austro-italo-francesa de 1859, Marx desenmascaró a Luis Bonaparte, que intentaba encubrir los egoístas fines dinásticos que perseguía en la guerra con la consigna de liberación de Italia, y demostró que el pueblo italiano no podría lograr la independencia y la unidad del país más que mediante un levantamiento nacional que destronase a todos los monarcas italianos, acabase con la opresión feudal, lo liberara del yugo austríaco y le permitiera crear un Estado democrático unificado. Marx consideraba que toda propaganda en favor del bonapartismo no sólo causaba un daño directo a la causa de la revolución italiana, sino también a la revolución alemana, y que ayudaba a las fuerzas reaccionarias en Europa. Por ello, en el panfleto Señor Vogt, escrito en 1860, atacó a los agentes bonapartistas infiltrados en el seno de los exiliados pequeño-burgueses.


    Es una de sus obras menos conocidas, en la que Marx trabajó durante casi un año. Profesor de Geología en Ginebra, Carlos Vogt (1817-1895) era un científico muy conocido en toda Europa, uno de los principales representantes del materialismo vulgar, un filósofo ateo y con ademanes radicales que la burguesía suele confundir con el materialismo dialéctico. Entre otras simplezas decía que el pensamiento brota del cerebro lo mismo que la orina del riñón. Pero en aquella época, obras de Vogt como La ciencia y la fe del carbonero tuvieron una enorme repercusión.


    La crítica científica de Vogt y la corriente filosófica a la que pertenecía (Büchner, Moleschott) por parte de Engels es conocida. Los calificó como predicadores viajeros.


    Pero, además de científico, Vogt era el más influyente de los demócratas burgueses en la Alemania de mediados del siglo XIX. Había participado en la revolución de 1848, fue diputado de la Asamblea de Franckfort y, como tantos otros, luego tuvo que emigrar a Suiza. Gozaba de inmensa influencia no solamente entre los demócratas alemanes, sino también entre todos los círculos de viejos revolucionarios exiliados que vagabundeaban por Europa, especialmente el ruso Alexander Herzen.


    El contexto de la polémica entre Vogt y Marx fue la guerra entre Francia y Austria en su disputa sobre Italia. Para Napoleón III era importante ganarse para su causa a un célebre científico que, al mismo tiempo, era un dirigente respetado entre los demócratas alemanes. Vogt estaba muy ligado a un hermano de Napoleón III, que se hacía pasar por liberal y protector de la ciencia. De él recibió Vogt dinero para distribuirlo entre los representantes de los círculos de exiliados.


    Cuando Vogt se manifestó a favor de Napoleón III y de Italia, causó una profunda impresión entre los revolucionarios. Entre ellos había algunos muy ligados a Marx y Engels en Londres, uno de los cuales era Carlos Blind. Éste le contó a Marx que Vogt había recibido dinero de Napoleón III, acusación que fue publicada por Guillermo Liebknecht en la Gaceta de Augsburgo.


    Sintiéndose desenmascarado Vogt, llevó el asunto ante los tribunales y aunque perdió el proceso, el periódico no pudo aportar ninguna prueba de la acusación de corrupción porque Blind desmintió sus afirmaciones previas. Que Vogt era un agente bonapartista no se pudo confirmar documentalmente hasta muchos años más tarde, cuando se abrieron los archivos secretos de Napoleón III.


    Vogt pareció haber limpiado su honor y Liebknecht aparecía como un mentiroso. Los exiliados alemanes en Londres, convencidos de que Liebknecht no era más que un portavoz de Marx, se volvieron contra él, incluidos algunos de los incondicionales suyos como Freiligrath, quien tuvo que descubrirse manifestando en aquel difícil momento que sus relaciones con Marx eran personales. Veterano de 1848, Freiligrath era entonces director de la sucursal de un banco suizo cuyo director en Ginebra era amigo de Vogt. No quería arriesgar su bolsillo. Los viejos como Freiligrath no renegaban de su pasado pero vivían de recuerdos. Lassalle tenía mucha razón al decir que Marx estaba sólo, y no solamente en Alemania. Solo pero erguido.


    Convencidos de que Vogt estaba comprado, Marx y todos los revolucionarios se encontraron en una situación difícil, sobre todo cuando aquel pasó al ataque publicando un folleto en que acusaba a Marx de ser la cabeza de una banda de ladrones y falsarios que no retrocedían ante nada. Las más monstruosas calumnias se esgrimieron contra los comunistas. Conocido por su amor al confort, Vogt acusó a Marx de llevar una vida lujosa a expensas de los obreros.


    Gracias a la fama de Vogt y a la del atacado, que acababa de publicar la primera edición de su Crítica de la economía política, el libelo de Vogt armó un gran revuelo y, como era de esperar, tuvo una acogida excelente en la prensa burguesa. Todos los publicistas burgueses, y particularmente los renegados del socialismo que habían conocido personalmente a Marx, aprovecharon la ocasión y vaciaron sus sacos de basura sobre su adversario.


    Marx consideraba que la prensa tenía derecho a ofender a cualquier político. Su lema eran las palabras de Dante: ¡Sigue tu camino y que la gente diga lo que quiera! Era un privilegio de cuantos se dedican a una actividad política recibir elogios o ataques. Marx no respondía a las injurias personales, de las cuales, sin embargo, se le colmaba continuamente. Se podían dejar sin respuesta los ataques dirigidos contra Marx, pero no las calumnias dirigidas contra los revolucionarios. Cuando estaban en juego los intereses de la causa del proletariado, Marx respondía, y entonces era implacable.


    Cuando apareció el libelo de Vogt, los revolucionarios se preguntaron si era conveniente responder. Lassalle y algunos amigos de Marx opinaban que era mejor guardar silencio; no se trata de que creyeran una sola palabra de lo que había escrito Vogt, sino que tenían en cuenta el considerable prestigio que el proceso le había proporcionado. En su opinión, Liebknecht había herido en lo más vivo al gran demócrata, el cual al defender su honor había caído también en excesos. Un nuevo proceso no haría más que confirmar su triunfo, dado que no había ninguna prueba contra él. Por lo tanto, lo más racional era dejar que la opinión pública se apaciguara.


    En una carta dirigida a Marx el 2 de febrero de 1860, Engels censuraba a Lassalle que no se posicionara claramente en el conflicto, que tratara de mantener las distancias entre ambos.


    Muchos años después Mehring daba la razón a Lassalle contra Marx. Según él, Marx no hubiera debido intervenir en la disputa entre Liebknecht y Vogt, tendría que haberse quitado una preocupación sin ninguna utilidad para la lucha. Pero en el momento en que Mehring escribió, Vogt carecía ya de toda influencia política. Además, descuida que la obra dirigida contra Vogt iba enfilada al mismo tiempo contra otras dos dianas: Lassalle y los exiliados. El incidente con Vogt disimulaba profundas divergencias tácticas que habían surgido entre el partido proletario y los partidos burgueses, y que, como demostraba el ejemplo de Lassalle, en el propio partido proletario se habían manifestado peligrosas fluctuaciones.


    Marx y Engels acordaron responder por escrito. Con la siempre inestimable ayuda de Engels, Marx asumió esta tarea redactando un folleto bastante breve, unas 40 hojas que tuvieron que imprimirse fuera de Alemania donde sólo llegaron una cantidad insignificante de ejemplares.


    Desde el punto de vista literario, el libro, asegura Riazanov, es lo mejor de Marx como polemista. En toda la literatura mundial, ninguna otra iguala a esta obra. Marx no se limita a destruir a Vogt políticamente. Su panfleto no es una simple invectiva. Marx se sirve contra Vogt de un arma en cuyo uso es un maestro: el sarcasmo, la ironía. En vida de Marx, quienes vivieron directamente en sus propias carnes el período posterior a 1849 afirmaron que no existe otra obra que ofrezca tanto material para la caracterización de los partidos de aquella época, como el libro de Marx contra Vogt. El lector contemporáneo necesitaría un mapa geopolítico de Europa de hace 150 años para orientarse en muchos de los detalles, pero se apercibirá de la importancia política de este panfleto. El propio Lassalle, cuando apareció, tuvo que reconocer que Marx había escrito una obra magnífica, que sus apreciaciones habían sido equivocadas y que como político, Vogt había quedado al descubierto para siempre.


    Como siempre Engels puso su mente enciclopédica y sus grandes conocimientos geográficos y estratégicos al servicio de Marx para la redacción de aquel folleto y pudiera orientarse en los problemas de los eslavos del oeste y desenmascarar el paneslavismo de Vogt.


    En Señor Vogt, Marx no se asignó únicamente la tarea de demoler políticamente a un científico respetado por toda la burguesía. Ciertamente, cumplió esta tarea con brillantez pero su tentativa de calumniar a los revolucionarios ofreció a Marx la ocasión de barrer a los partidos burgueses en el poder o en la oposición y, en particular, caracterizar la venalidad de la prensa burguesa, convertida en una empresa capitalista que obtiene sus beneficios de la venta de palabras, al igual que otros las obtienen de la venta de chucherías.


    Contra Vogt, Marx sólo tenía posibilidad de utilizar los escritos del propio Vogt. Los principales testigos se habían desentendido del asunto o se habían retractado de sus afirmaciones. Por ello, Marx toma todas las obras políticas de Vogt y demuestra que no más que era un bonapartista que repetía literalmente los argumentos desarrollados en las obras políticas de los agentes de Napoleón III, y deduce que Vogt es o bien un vulgar papagayo que repite estúpidamente los argumentos de los bonapartistas, o bien un agente comprado del mismo modo que los restantes publicistas bonapartistas.


    Vogt tenía a su lado a la parte más influyente de la democracia burguesa alemana. Por esta razón, Marx desenmascara la mezquindad política de esta democracia y, de paso, asesta algunos golpes a los reformistas incapaces de acabar con el respeto reverencial por las clases ilustradas. En 1860, cuando se iniciaba un nuevo movimiento entre la pequeña burguesía y la clase obrera, y cuando cada partido se esforzaba por ganarse a los trabajadores, importaba enormemente demostrar que los representantes de la democracia proletaria no sólo no eran inferiores intelectualmente a los representantes más populares y eminentes de la democracia burguesa, sino que eran claramente superiores.


    El golpe asestado a Vogt fue mortal para el prestigio de uno de los principales dirigentes de la democracia burguesa. Lassalle agradeció a Marx que le hubiera facilitado la lucha contra los progresistas por la influencia sobre los obreros alemanes.


    He aquí en qué consiste la importancia histórica de este folleto de Marx.


    También se pusieron de manifiesto entonces las discrepancias entre Marx y Lassalle, antiguo demócrata de Dusseldorf, a quien Marx había conocido en 1848. En la importante cuestión de la manera de unificar Alemania, Lassalle adoptó una posición completamente errónea. En su panfleto La guerra italiana y la tarea de Prusia, Lassalle se manifestaba dispuesto a apoyar el propósito de Prusia de llevar a cabo la unificación de Alemania desde arriba, o sea, por vía contrarrevolucionaria, mientras que Marx luchaba por la unificación del país desde abajo, mediante una revolución democrática.


    Estas discrepancias se hicieron todavía más hondas cuando Lassalle encabezó la Asociación General de Obreros Alemanes y trazó el programa de ésta. Lassalle orientaba a los obreros solamente hacia la lucha pacífica, legal, viendo en el sufragio universal la panacea para todas las calamidades que sufrían los trabajadores. Lassalle inculcaba en los obreros la ilusión de que el Estado prusiano podría ayudarles a organizar asociaciones de producción que les liberarían de verse explotados. Lassalle era enemigo de la lucha de clases, las huelgas y los sindicatos. A diferencia de Marx y de Engels, que veían en los campesinos trabajadores el aliado de la clase obrera, Lassalle estimaba que constituían una masa reaccionaria. Lassalle entabló negociaciones directas con Bismarck, prometiéndole que los obreros apoyarían su política interior y exterior si accedía a proclamar el sufragio universal. Aunque Marx no conocía aún sus negociaciones secretas con Bismarck, no podían escapar a su aguda mirada los coqueteos de Lassalle con la reacción prusiana. En sus cartas, Marx y Engels decían que Lassalle era un demócrata palaciego monárquico-prusiano con marcados tintes bonapartistas.


    Al comenzar Lassalle su labor de agitación entre los obreros, Marx y Engels se mantenían al principio a la expectativa y se abstuvieron de momento de criticarle en público, pues Lassalle realizaba cierta labor positiva ayudando a los obreros a liberarse de la influencia del partido progresista burgués. Cuando, después de muerto Lassalle, Marx y Engels se enteraron de que había mantenido negociaciones con Bismarck, calificaron esto de traición al movimiento obrero y emprendieron una lucha abierta contra el socialismo realista prusiano de los lassalleanos.


    En aquellos años, Marx seguía desenmascarando a la Prusia reaccionaria, labor iniciada ya por él en la Gaceta del Rin y que había cobrado particular intensidad durante las revoluciones de 1848-1849. La dificultad de esta lucha consistía en que Marx no disponía de periódico alguno con ayuda del cual pudiese influir en el lector alemán. Por eso hizo grandes esfuerzos para apoyar al periódico alemán El Pueblo (Das Volk), que comenzó a ser editado en Londres en 1859, y convertirlo en un órgano de la propaganda comunista. En el breve período que existió este periódico, Marx publicó en él una serie de artículos, entre los que figuraban algunos tratando de la política reaccionaria de Prusia. Al mismo fin de denunciar al régimen prusiano estaban dedicadas asimismo una serie de obras inacabadas de Marx, en las que explicaba no sólo el presente, sino también el pasado de ese Estado reaccionario y militarista, y en particular su política y la de la Rusia zarista respecto a Polonia. Marx consideraba que la lucha de los polacos contra Prusia y la Rusia zarista, que condujo a la insurrección de 1863, sólo se vería coronada por el éxito cuando estuviese orgánicamente vinculada con la revolución agraria y la lucha por la democracia.


    A fines de los años 50, Marx observaba ya con grandes esperanzas el despertar del movimiento campesino en Rusia. La derrota en la guerra de Crimea había aguzado todas las profundas contradicciones existentes en el interior del país, y el gobierno zarista se vio obligado a empezar los preparativos para una reforma en el campo. Al examinar los proyectos de reforma que se discutían en los comités de la nobleza, Marx predijo los males que laliberación desde arriba traería a los campesinos. El veía en el campesinado ruso, que se levantaba a la lucha contra el régimen de la servidumbre, un aliado de la futura revolución europea.


    La lucha contra la esclavitud en los Estados Unidos a principios de la década del 60, al igual que el movimiento contra el régimen de la servidumbre en Rusia, era otro acontecimiento al que Marx atribuía una gran importancia internacional. En sus escritos demostró que la guerra de secesión era por su carácter una lucha entre dos sistemas sociales: el esclavista y el capitalista, más progresivo que el anterior. Marx decía que el Norte no podría vencer más que en el caso de que su gobierno empezara a desplegar la guerra al modo revolucionario, promulgara una ley aboliendo la esclavitud, resolviera el problema agrario en favor de los granjeros, reorganizara el ejército, limpiándolo de elementos traidores, e hiciera la guerra bajo consignas democráticas y revolucionarias bien claras. Marx exhortaba a los obreros de Europa a que frustraran por todos los medios las tentativas de los gobiernos europeos de inmiscuirse en la guerra civil para favorecer a los esclavistas del sur. Marx aplaudía a los obreros de Inglaterra, que con sus acciones impidieron al Gobierno inglés efectuar una intervención en apoyo de los Estados esclavistas. Su viva repercusión entre los obreros europeos hacía concebir a Marx la esperanza de que la guerra de secesión volvería a impulsar a la clase obrera, deprimida por años de reacción, a desplegar enérgicas acciones históricas.


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    Juan Manuel Olarieta

    Gustavo Durán Martínez (1906-1969) nació en Barcelona, hijo del coronel de artillería retirado José Durán Labad. En 1921 inició sus estudios musicales en el Conservatorio de Madrid, adonde se había trasladado a vivir su familia. Siendo todavía muy joven, frecuentó los ambientes culturales de la Residencia de Estudiantes, donde conoció a Dalí, Buñuel y García Lorca, entre otros.

    Entre 1928 y 1934 residió en París, donde se dio a conocer como compositor y pianista en la compañía de Antonia Mercé, "La Argentina".

    Poco antes de la guerra se unió al Quinto Regimiento de Milicias donde en dos meses obtuvo el grado de comandante por su arrojo y aptitudes de mando. Sus acciones en los primeros meses de la guerra las relató Malraux en su novela "La esperanza", escondidas bajo el nombre de uno de sus protagonistas: "Manuel".

    Participó el frente de su brigada en importantes batallas (Jarama, Segovia, Guadalajara, Brunete) y, al tiempo, en el Congreso de Intelectuales Antifascistas. Ilya Ehrenburg escribió entonces a la prensa soviética que Durán era un ejemplo del intelectual en armas.

    En 1937 dirigió en Madrid el Servicio de Información Militar de la República durante un mes, aunque luego Indalecio Prieto, ministro de la Guerra lo sustituyó, pasando a dirigir el XX Cuerpo del Ejército Popular republicano, donde alcanzó el grado de coronel.

    Al final de la guerra huyó a Inglaterra desde Denia a bordo del crucero británico Galatea, en el que también viajaba otro coronel, el traidor Segismundo Casado, dirigente del golpe de Estado de marzo de 1939 dirigido contra la República en Madrid y colaborador del espionaje británico.

    En Inglaterra Durán quiso enrolarse en el ejército británico para ir de nuevo al frente, lo que no consiguió. A mediados de agosto de 1939 conoció a su esposa, Bonte Crompton, hermana de Belinda Crompton, a su vez casada con Michael Straight. Una tercera hermana, Catherine, fue pareja del escritor británico Graham Green, vinculado a los servicios de inteligencia.

    Además de amigos, Durán y Straight eran cuñados. Straight era el único agente norteamericano del grupo de intelectuales vinculados a la red de inteligencia soviética de la Universidad de Cambridge de la que formaban parte Philby, Burgess, Blunt y Maclean.

    Gracias a su matrimonio Durán obtuvo el permiso de residencia en Estados Unidos y en diciembre de 1942 la nacionalidad de aquel país, incorporándose en Washington al Departamento de Estado. Su primer destino fue la embajada estadounidense en La Habana que dirigía Spruille Braden.

    En la capital caribeña Durán mantuvo una relación muy estrecha con Hemingway, quien le nombró en la conocida novela "Por quién doblan las campanas". Hemingway era amigo íntimo del embajador Braden y, aunque tenía animadversion hacia el FBI, al que equiparaba a la Gestapo, se prestó a trabajar en la Isla como colaborador de los servicios de espionaje para penetrar los círculos nazis y falangistas que entonces infestaban La Habana. Para ello Hemingway pidió ayuda a Durán, creando una red de 26 antifascistas, en su mayor parte republicanos españoles exiliados.

    Cuando en 1945 trasladaron al embajador Braden a Buenos Aires, Durán le acompañó a su nuevo destino. En Argentina la situación política era muy tensa en aquel momento. Perón celebraba sus primeras elecciones y Durán redactó el informe donde el departamento de Estado le acusaba de nazi, proponiendo abrir contra él un tribunal parecido al de Nuremberg. Influido por el informe de Durán, el Partido Comunista de la Argentina se posicionó erróneamente contra el peronismo.

    A Perón se lo sirvieron en bandeja. Pudo decir que todo era una conspiración urdida por la embajada imperialista con la complicidad de los comunistas, es decir, que la campaña procedía del exterior, de las grandes potencias del momento. Entonces los peronistas acuñaron el lema "Braden o Perón" y respondieron al documento de Washington mencionando expresamente a Durán: "¿Qué razones, sin embargo, han inducido al Partido Comunista de la Argentina a entregarse al imperialismo yanqui?", preguntaba Perón, para agregar: "El Partido Comunista ha pactado con el imperialismo yanqui por intervención del Sr. Braden, ante quien el Sr. Gustavo Durán, su agregado civil en la Embajada de los Estados Unidos y secretario privado antes, durante y después de esa época, ha intercedido más de una vez. La participación del Sr. Durán en la alianza entre el Partido Comunista de la Argentina y el imperialismo yanqui no puede ser objeto de grandes dudas".

    Durán se pudo mantener en el Departamento de Estado hasta que la guerra fría cambió las reglas del juego. Al menos desde 1938 el espionaje británico debía tener conocimiento de que Durán había sido un estrecho colaborador de los comunistas en la guerra civil española. Pero hasta entonces otras necesidades más perentorias pusieron en cuarentena esa circunstancia, que salió a relucir más tarde, durante la caza de brujas del senador McCarthy, con carácter retroactivo.

    En 1938 Galíndez estaba en Madrid al servicio de Irujo como funcionario del Ministerio de Justicia. Al menos desde el siguiente año hay confirmación de que era un confidente (agente DR-10) de la inteligencia militar de Estados Unidos, y posteriormente (como agente Rojas), del FBI. A través de Galíndez el FBI conoció el trabajo de Durán al frente del Servicio de Información Militar, que Walter Krivitski y quizá también Orlov, confirmaron al desertar de la URSS.

    Además, Durán fue también denunciado por Indalecio Prieto, su anterior jefe, en un informe dirigido al pleno de la dirección del PSOE reunido en Barcelona en agosto de 1938 que luego se publicó como folleto. En dicho informe Prieto explicaba los motivos de su dimisión al frente del Ministerio de la Guerra, acusando a los comunistas, entre los que mencionaba a Durán, de copar los cargos de responsabilidad en las unidades militares y, en particular, del Servicio de Información Militar, una versión que ha hecho fortuna, como todas las que culpan a los comunistas.

    El 28 de diciembre de 1943, desde la embajada estadounidense en la República Dominicana, Edgard J. Ruff confirmó las posibles vinculaciones de Durán con los comunistas y, por consiguiente, con la inteligencia soviética. La fuente de Ruff no era otra que Galíndez, entonces consejero de Trujillo en la República Dominicana.

    El FBI transmitió aquellas sospechas al senador McCarthy, que el 28 de marzo de 1946 abrió una causa contra Edward K. Barsky, dirigente de la red de apoyo a los antifascistas refugiados en Estados Unidos. En la investigación aparecía el nombre de Durán como militante comunista, comandante del Ejército Popular de la República y responsable de aquella red solidaria.

    El senador McCarthy, y la política exterior de Estados Unidos, empezaba a caminar por la misma senda que el franquismo. En 1946 el espionaje franquista elaboró otro informe, donde Durán figuraba con el apodo de "El Porcelana". El 9 de abril el diario falangista "Arriba" publicó el informe con la apariencia de un artículo periodístico denunciando a Duran como agente del espionaje soviético.

    A su vez aquel informe sirvió de base a otro de 4 de junio del coronel Wendall Johnson, agregado militar de la embajada estadounidense en Madrid.

    En 1950 Durán volvió a ser investigado y tuvo que comparecer ante la comisión del senador McCarthy, quien concedía una importante tan grande a Durán que durante una cena en Nevada le dio a conocer entre los primeros cuatro agentes soviéticos: John Service, Gustavo Durán, Mary Jane Kenney y el Dr. Harlow Sharpley (Washington Post, 13 de febrero de 1950).

    Acosado, Durán tuvo que dejar el Departamento de Estado y trasladar su residencia a Nueva York, donde comenzó a trabajar en la ONU. Luego vivió en Chile unos años encabezando una delegación de la Cepal. En 1960 pasó un año al frente de la misión civil de la ONU en el Congo cuando se estrelló el avión en el que viajaba Hammarskjold, el secretario general de la ONU.

    Murió en Creta, Grecia, el 25 de marzo de 1969, donde fue enterrado.

    Siguiendo a Prieto, una historiografía fabricada "ad hoc" considera que los comunistas (y sólo los comunistas) procedieron a una penetración sobrepticia en los cargos de responsabilidad de la República, aunque sólo fuera durante un mes, como es el caso de Durán. En la II República, con excepción de los comunistas, cualquiera tenía derecho a servir en la función pública.

    Naturalmente, esa estúpida historiografía también considera que por encima, por debajo y al costado del PCE estaba la URSS de Stalin, máxime cuando se hace referencia a algo tan emblemático como el Servicio de Información Militar, como también es el caso de Durán.

    Esa misma historiografía considera, finalmente, que quienes no se oponen a los comunistas, como es el caso de Durán, son comunistas igualmente. Es la teoría fascista de la "comisión por omisión": no basta con no ser comunista sino que hay que oponerse a él de manera activa y militante.

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  • 02/11/13--12:07: Che. Un hombre nuevo


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    Su obra cumbre


    Previendo un nuevo auge del movimiento obrero, Marx quería terminar lo antes posible su obra de economía política. Al reanudar en 1861, después de un intervalo de un año y medio, sus investigaciones económicas, decidió modificar el plan de su obra y publicarla en volumen aparte, y no como continuación del libro Contribución a la crítica de la economía política, que viera la luz en 1859. En 1862, Marx escribió a Kugelmann que su obra tendría por título El Capital y por subtítulo, Contribución a la crítica de la economía política.


    Las condiciones en que Marx escribió El Capital fueron duras en extremo. Debido a la guerra civil en Norteamérica, Marx dejó de colaborar en el New York Tribune, por lo que perdió su fuente principal de ingresos. La familia de Marx pasaba de nuevo por una situación difícil, y, a no ser por la constante y abnegada ayuda económica de Engels, Marx no sólo no hubiera podido terminar El Capital, sino que irremisiblemente, habría sucumbido bajo el peso de la miseria.


    Al fundarse la Internacional recayó sobre Marx un enorme trabajo político de partido. Tenía que trabajar de noche para escribir El Capital. Su organismo no pudo soportar tal tensión y Marx comenzó a enfermar cada vez más a menudo.


    A fines de 1865, Marx terminó el borrador de El Capital. Pero, al empezar la preparación del primer tomo para la imprenta, volvió a redactar el manuscrito, reduciéndolo. En abril de 1867, Marx llevó personalmente el manuscrito a Hamburgo para entregarlo al editor. El 5 de mayo del mismo año, el día de su natalicio, recibió la primera prueba. Las pruebas siguientes llegaban del editor con gran retraso y tardaba mucho en devolverlas porque hacía importantes cambios, enviaba el material a Engels para que lo viese y, a veces, introducía nuevas enmiendas por consejo de su amigo. El 16 de agosto de 1867, Marx firmó el último pliego de El Capital, el pliego cuarenta y nueve. Al concluir el primer tomo, Marx escribió a Engels: Así, pues, el tomo está ya listo. Ello ha sido posible única y exclusivamente gracias a ti. De no haber sido por tu abnegada ayuda, no hubiera podido escribir tan enorme trabajo en tres tomos. Te abrazo y te saludo lleno de gratitud, querido y fiel amigo.


    Después de la publicación del tomo I de El Capital en septiembre de 1867, su intensa actividad en la I Internacional e importantes acontecimientos -la guerra franco-prusiana y la Comuna de París- obligaron a Marx a interrumpir una vez más su famosa obra económica. Hasta principios de la década del 70 no pudo Marx seguir escribiendo El Capital, pues tuvo que invertir mucho tiempo en preparar la segunda edición en alemán del tomo I y preparar la versión francesa del mismo, para la cual rehízo en gran parte su obra y redactó la traducción. Los demás tomos le llevaron a Marx mucho más tiempo de lo que al principio pensara. En el prefacio al tomo II de El Capital, Engels señala la principal causa, diciendo: La simple enumeración del material manuscrito dejado por Marx para el II libro demuestra con qué sin igual meticulosidad, con qué riguroso espíritu de autocrítica trataba de lograr la máxima perfección de sus grandes descubrimientos económicos, antes de publicarlos; este espíritu de autocrítica sólo raras veces le permitía adaptar la exposición, por el contenido y por la forma, a sus horizontes intelectuales, que se ampliaban más y más debido a que estudiaba incesantemente.


    El trabajo preparatorio que hizo Marx para escribir la sección sobre la renta del suelo (tomo III de El Capital) constituye un ejemplo de lo profunda que era su labor de investigación. Para esta sección realizó Marx en los años del 70 un detallado estudio de las relaciones agrarias en Rusia en el período posterior a la reforma de 1861. Refiriéndose a este trabajo de Marx y a sus proyectos, Engels dice en el prefacio al tercer tomo del libro: Dadas las múltiples formas de la posesión de la tierra y de la explotación de los agricultores en Rusia, en la sección sobre la renta del suelo debía este país desempeñar el mismo papel que Inglaterra en el tomo I, al analizarse el trabajo asalariado en la industria. Por desgracia, Marx no pudo realizar ese plan.


    La muerte de Carlos Marx puso término a su trabajo en El Capital. Los manuscritos que dejó necesitaban una redacción suplementaria. Esta tarea recayó sobre Federico Engels, quien realizó un inmenso trabajo, preparando para la imprenta el segundo tomo en 1885 y el tercero en 1894. Hablando de estos dos volúmenes, Lenin señalaba que eran obra común de Marx y Engels. Debía servir de broche a la grandiosa obra económica de Marx un cuarto tomo, con la historia crítica de la cuestión central de la economía política: la teoría de la plusvalía. Después de morir Carlos Marx, Engels pensaba redactar el manuscrito para editarlo aparte, como tomo IV de El Capital. Sin embargo, Engels no pudo cumplir su propósito, y dicho trabajo no vio la luz hasta después de la muerte de Engels, apareciendo en 1905-1910, editado por Kautsky, con el título Teoría de la plusvalía.


    A diferencia de esa edición, en la que el manuscrito fue arbitrariamente tratado, el Instituto de Marxismo-leninismo, anexo al Comité Central del PCUS, publicó en 1954-1961 otra, que corresponde al manuscrito original de Marx. En 1956-1962 salió en Berlín una edición análoga, en alemán.


    El Capital es una creación inmortal que coronó la actividad científica del gran sabio y revolucionario. La hazaña realizada por Marx fue grandiosa. En una carta a Lachatre, Marx decía: En la ciencia no existe una vía magna y ancha... y únicamente puede alcanzar sus deslumbrantes alturas quien, sin temer el cansancio, trepa por sus pedregosos vericuetos.


    La doctrina económica de Marx constituyó una verdadera revolución en la economía política. Tan sólo un teórico de la clase avanzada, el proletariado, libre de la limitación y los prejuicios egoístas de las clases dominantes, de las clases explotadoras, podía someter a una auténtica investigación científica la anatomía de la sociedad capitalista, es decir, su economía.


    Marx descubrió la ley económica del movimiento de la sociedad capitalista, estudió esta sociedad en su surgimiento, desarrollo y decadencia demostrando de una manera científica su carácter pasajero, su carácter históricamente limitado. Marx examina a lo largo de toda su obra las irreconciliables contradicciones internas inherentes al capitalismo y demuestra que, a pesar de todos los intentos de sus reformadores, burgueses y pequeño-burgueses, de suavizarlas y borrarlas, éstas se irán agudizando inevitablemente a medida que la sociedad capitalista se desarrolla.


    Mostró que el capitalismo crea en su crecimiento las premisas materiales de la futura sociedad socialista y que el proletariado es la fuerza social que ha de dar cumplimiento a la sentencia que la historia ha dictado contra el capitalismo.


    Al poner al desnudo el mecanismo de la explotación capitalista, Marx descubrió la verdadera fuente de la plusvalía, que consiste en la apropiación del trabajo no pagado del obrero por la clase de los capitalistas. La plusvalía es la diferencia entre el valor creado por el trabajo del obrero y el valor de su fuerza de trabajo, es decir, el valor de los medios de vida necesarios para el obrero y su familia. La teoría de Marx acerca de la plusvalía descubrió el secreto de la explotación capitalista, cuidadosamente enmascarado por los apologistas del capitalismo, la base económica del antagonismo entre el proletariado y la burguesía. La teoría de la plusvalía es la piedra angular de la teoría económica de Marx. Después de la creación de la teoría materialista sobre las leyes del desarrollo de la sociedad humana, la teoría de la plusvalía fue el segundo y más grande descubrimiento del genial teórico del proletariado.


    Según la ley general de acumulación capitalista, descubierta por Marx, a medida que el capitalismo se desarrolla se van agudizando las hondas contradicciones internas que le son propias. Una parte cada vez mayor de la población se va convirtiendo en proletarios desposeídos, mientras que más y más riqueza se concentra en las manos de un puñado de monopolistas. En las entrañas de la sociedad capitalista no sólo se crean las condiciones materiales necesarias para la futura sociedad socialista, sino que se forma también la fuerza social que llevará a cabo la revolución socialista y liberará para siempre a la humanidad de todo yugo y explotación.


    Haciendo una especie de resumen de todas sus investigaciones, Marx caracteriza de la siguiente manera la tendencia histórica de la acumulación capitalista: El monopolio del capital se convierte en traba del modo de producción que ha florecido con él y bajo él. La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llegan a un punto en que son ya incompatibles con su envoltura capitalista. Esta salta hecha añicos. La última hora de la propiedad capitalista, ha sonado. Los expropiadores son expropiados.


    Si en el primer tomo de El Capital, Marx trata del proceso de la producción de capital, el segundo examina el proceso de su circulación. Subrayando la unidad del proceso de producción y el de circulación, y el papel determinante de la producción, Marx examina aquí el capital en movimiento y analiza la circulación del mismo en sus formas principales: monetaria, productiva y mercantil. En el segundo tomo ocupa un lugar destacado el análisis de la reproducción simple y la reproducción ampliada bajo el régimen capitalista. Al investigar las contradicciones inherentes a la sociedad capitalista, la fundamental de las cuales es la contradicción entre el carácter social de la producción y la forma capitalista privada de la apropiación, Marx demuestra que la anarquía de la producción, las crisis y el paro son la inevitable secuela del capitalismo.


    En el tomo III de El Capital se analiza el proceso de la producción capitalista tomado en su conjunto. Marx demuestra que el beneficio industrial del fabricante, la ganancia mercantil del comerciante, el interés del prestamista y del banquero y la renta del propietario agrícola tienen todos el mismo origen: la plusvalía. Investiga cómo los capitalistas de estos diversos grupos se reparten la plusvalía en su forma metamorfoseada, la ganancia, cómo a base de la ley del valor se forma la cuota media de ganancia que se embolsan los capitalistas. Debido a la formación de la cuota media de ganancia, las mercancías se venden a precios de producción que, si bien no coinciden con el valor de algunas clases de mercancías, sí coinciden con el valor de toda la masa mercantil en su conjunto.


    En El Capital halló su expresión más plena y acabada la doctrina económica de Marx, que, según Lenin, es donde su teoría se ve confirmada y aplicada más profunda, plena y detalladamente. Fue un gigantesco progreso en la elaboración de todas las partes integrantes de la doctrina de Marx -la filosofía, la economía política y el comunismo científico-, orgánicamente vinculadas entre sí. Al emplear en sus investigaciones la dialéctica materialista, Marx la enriqueció creadoramente y perfeccionó aún más esta poderosa arma del conocimiento científico. El Capital proporcionó al comunismo científico, a la teoría acerca de la misión liberadora del proletariado, acerca de la revolución socialista y la dictadura del proletariado, unos sólidos cimientos filosóficos, económicos e históricos. El Capital, obra inmortal de Marx, es una poderosa arma espiritual del proletariado en su lucha contra la esclavitud capitalista.



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    El grado cero de la conciencia


    Juan Manuel Olarieta

    La conciencia de la clase obrera es una unidad dividida en dos que Marx, a la manera hegeliana, denomina como conciencia en sí y conciencia para sí: "En principio, las condiciones económicas habían transformado la masa del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado en esta masa una situación común, intereses comunes. Así, esta masa viene a ser ya una clase frente al capital, pero todavía no para sí misma. En la lucha, de la cual hemos señalado algunas fases, esta masa se reúne, constituyéndose en clase para sí misma. Los intereses que defienden llegan a ser intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política" (1).


    El desarrollo del capitalismo, pues, crea una inmensa masa de trabajadores que en el siglo XIX aún se solía denominar en plural como "clases obreras" para destacar su carácter disperso. Lo mismo ocurría con sus organizaciones de clase. Los primeros sindicatos no agrupaban a los trabajadores por empresas sino por oficios, por lo que hoy llamaríamos profesiones, muy cercanos a los gremios de artesanos medievales: eran impresores, zapateros o sastres. No obstante, aunque carecían aún de una sólida cohesión interna, los obreros ya formaban una clase social por sus intereses comunes frente a sus respectivos patronos. Por sí misma, espontáneamente, esa condición social ya convierte a la masa de los distintos trabajadores en una clase social.

    Si los obreros formaban en masas compactas, dicen Marx y Engels, no es como consecuencia de la unidad de los propios obreros sino de la unidad de la burguesía (2). En "La Ideología Alemana" Marx y Engels precisaron el concepto de conciencia de clase con otras palabras:


    "Los diferentes individuos sólo forman una clase en cuanto se ven obligados a sostener una lucha común contra otra clase, pues por lo demás ellos mismos se enfrentan unos con otros, hostilmente, en el plano de la competencia. Y de otra parte, la clase se sustantiva, a su vez, frente a los individuos que la forman, de tal modo que éstos se encuentran ya con sus condiciones de vida predestinadas por así decirlo; se encuentran con que la clase les asigna una posición en la vida y, con ello, la trayectoria de su desarrollo personal; se ven absorbidos por ella. Es el mismo fenómeno que el de la absorción de los diferentes individuos por la división del trabajo [...] Ya hemos indicado varias veces cómo esta absorción de los individuos por la clase se desarrolla hasta convertirse, al mismo tiempo, en una absorción por diversas ideas, etc."(3).


    La conciencia en sí aparece, pues, muy tempranamente en las primeras etapas del movimiento obrero. La adquiere el proletariado espontáneamente en su lucha por mejorar sus condiciones de vida y trabajo, es decir, en luchas de naturaleza sindical y económica. Pero aquellas luchas espontáneas de los obreros eran instintivas. En ellas los obreros actuaban en buena parte movidos por sus intereses individuales y concretos. Fuera de sus luchas contra el patrono, los obreros competían y se enfrentaban entre sí. Durante las huelgas algunos ejercían de esquiroles frente a otros. El salto desde los intereses individuales y concretos de unos pocos obreros, hacia los comunes y generales a todos ellos es en todos los países el progreso decisivo de la conciencia de clase, que se expresa en la creación de organizaciones de dicha naturaleza.


    El desdoblamiento de la conciencia tiene, pues, un sentido histórico. Al analizar la evolución del movimiento obrero en cada país se observa que la conciencia de clase evoluciona desde las formas de conciencia en sí a otras que, además, son para sí. La conciencia para sí es un progreso con respecto a la anterior, una forma superior que adquiere el proletariado con sus luchas, un ejemplo, en definitiva, de la transformación de los cambios cuantitativos en cambios cualitativos. Pero aunque la experiencia histórica del proletariado acumula ambas, no puede confundirlas:


    a) mientras la conciencia en sí se pone manifiesto en las luchas sindicales, la conciencia para sí aparece en las de tipo político. La conciencia para sí se expresa en el programa político del proletariado, en su estrategia revolucionaria


    b) mientras la conciencia en sí es espontánea y se pone manifiesto en formas de acción más o menos improvisadas, como huelgas y manifestaciones, la conciencia para sí se planifica sistemáticamente, para lo cual es necesaria una organización de clase. La conciencia para sí se expresa también en las distintas formas de organización de la clase obrera


    c) mientras la conciencia en sí la adquiere el proletariado por sus propios medios en la lucha sindical, la conciencia para sí procede de fuera porque requiere una teoría científica, el marxismo-leninismo, un añadido cualitativo que el movimiento obrero no puede obtener por sus propias fuerzas


    Los oportunistas sólo tienen en cuenta uno u otro de los dos aspectos de la conciencia. Algunos de ellos los confunden y otros los separan como si fueran universos extraños entre sí. Ninguno tiene en cuenta que la conciencia no es más que una unidad que se desdobla, una unidad de contrarios y, por consiguiente, que en el movimiento obrero coexisten formas distintas de conciencia de clase. Lenin decía que lo espontáneo es el embrión de lo consciente y que hay diferentes tipos de espontaneidad (4). La conciencia de clase es, pues, un gradiente; no es que haya o no conciencia de clase, sino que hay grados diversos de conciencia que van desde los inferiores hasta los superiores, recorriendo todo su espectro. Se puede decir que existe un grado cero de conciencia, representado por el movimiento obrero espontáneo, que alcanza su punto más elevado en la conciencia para sí: el partido comunista. De uno a otro hay un salto cualitativo.


    Como tendencia histórica, la conciencia de clase no retrocede sino que avanza irreversiblemente de la conciencia en sí a la conciencia para sí. Aunque esté muy extendida la opinión contraria, en la actualidad la conciencia de clase ha avanzado sustancialmente con respecto a los tiempos de Marx, Engels y Lenin. No cabe duda que la enorme experiencia acumulada por el proletariado internacional impide hoy afirmar que en alguna parte existan movilizaciones obreras en las que no aparezcan determinadas formas más o menos avanzadas de conciencia de clase. Es un importante progreso del movimiento obrero: hoy la lucha de clases no tiene que partir de cero.


    Como consecuencia de ello la burguesía se tiene que enfrentar cotidianamente a un hecho consumado, lo que la ha obligado a maniobrar para confundir a la clase obrera y nublar su conciencia. Como en tantas otras tareas, también en ésta ha dispuesto de la inestimable colaboración de los oportunistas para dar marcha atrás a la historia y volver a las etapas incipientes del movimiento obrero. En este punto los oportunistas adoptan la forma de nuevos espontaneístas. Las tesis de los antiguos aún tenían alguna justificación porque procedían de una etapa en la cual los obreros aún no habían acumulado suficientes experiencias prácticas; los nuevos corresponden a un momento en el cual la espontaneidad se defiende a pesar de que la experiencia práctica contradice cada uno de sus postulados.


    Antes el espontaneísmo movía los pies pero no la cabeza. Era la inconsciencia viva de la clase obrera o, a lo máximo, ponía de manifiesto una conciencia muy primitiva. El grado cero de la conciencia aún no se había convertido en una teoría, sino todo lo contrario; no era más que una práctica, el activismo ciego, inconsciente e irreflexivo. Los modernos, por el contrario, mueven la cabeza para elaborar una teoría con la in-consciencia, convirtiendo la espontaneidad en todo un proyecto de desarme y des-organización del proletariado.


    Hoy la forma principal que reviste el espontaneísmo es la confusión de la organización con la clase o, por mejor decirlo, la reducción de la organización a la clase y lo que es peor: al movimiento de dicha clase. Es también el caso de quienes defienden los partidos de masas, amplios, con numerosos afiliados al estilo de la II Internacional, mientras critican a los partidos comunistas de nuevo tipo porque son "maquinarias burocráticas" alejados de las masas. Ellos quieren crear un "partido-movimiento" (5), disolver las formas de organización en las formas de actuación bajo los nombres de "coordinadoras", "redes", "asambleas", "plataformas" y cualquier otro lo suficientemente ambiguo como para dispersar a las masas en un archipiélago inconexo.


    Aunque los nuevos espontaneístas visten sus teorías con los ropajes de la modernidad, frente a lo que califican como "viejas concepciones dogmáticas", lo cierto es que lo suyo es una apología del primitivismo, de las fases obsoletas del movimiento obrero. Hacen apología del atraso, de los "métodos artesanos de trabajo", como los llamaba Lenin. Colocan al movimiento obrero en una situación de desventaja frente a la burguesía, que actúa siempre con una conciencia plena, que no dispersa sus energías sino que las centraliza y organiza de una manera meticulosa en ese dispositivo burocratizado que es el Estado, para proyectarlas incluso en la esfera internacional.


    La forma de organización (o desorganización) de la clase obrera es, pues, el primer termómetro de su conciencia de clase.


    En los cien años transcurridos desde que Lenin redactó el "¿Qué hacer?", el espontaneísmo ha cambiado su naturaleza de clase. Mientras antes era una parte del movimiento obrero, actualmente es una corriente típicamente pequeño-burguesa que, entre otras cosas se caracteriza también por enfrentar lo social a lo político, e incluso por preconizar el abstencionismo, que es el mismo principio que defiende siempre la burguesía: no mezclar a los sindicatos con la política, ni a la universidad con la política, ni a la cultura con la política, etc. Dicen que las huelgas deben ser puramente económicas y que las de naturaleza política son rechazables. Es el estilo ONG, de la horizontalidad, de los alternativos, los autónomos y autogestionarios. Para la pequeña burguesía los movimientos deben ser exclusivamente "sociales" (desde abajo), jamás políticos (desde arriba) porque "la política" desune, conduce a enfrentamientos ideológicos "partidistas", lo cual parece que no ocurre en las luchas económicas y sociales.


    El rechazo de "la política" demuestra el origen de clase del espontaneísmo porque la única política que conoce la pequeña burguesía es la política burguesa, es decir, que ponen la política del proletariado al mismo nivel que la política de la burguesía. Por su naturaleza de clase, los espontaneístas no entienden que, además de esa, hay otra política, la política comunista, que está directamente enfrentada a ella y que esa es la esencia misma de la lucha de clases y, por consiguiente, de la conciencia de clase.


    Los nuevos espontaneístas consideran que la conciencia de clase es inherente a la condición social del obrero como explotado, es decir, que todos los trabajadores tienen conciencia de clase por el hecho de ser obreros. La clase en sí es al mismo tiempo clase para sí. Afirman que la actuación característica de la clase obrera es la sindical y encuentran la conciencia de clase en las luchas económicas de los trabajadores. Piensan que la lucha sindical (o los "consejos de fábrica", en su caso) debe abandonarse a sus propias fuerzas, que se basta a sí misma para llevar a la revolución.


    Esta concepción es errónea. Los trabajadores sólo se convierten en una clase "para sí misma" cuando se empiezan a reunir para defender sus intereses, no de fábrica, ni de oficio sino de toda la clase social en su conjunto. Entonces ya no son los intereses del obrero frente a los del patrón (jornada, salario) sino los de una clase contra otra. A diferencia de los anteriores, que son económicos y sindicales, dice Marx, esos intereses son de naturaleza política. En la lucha de una clase contra otra lo que se resuelven son intereses políticos. La lucha política es, pues, un progreso imprescindible de la conciencia del proletariado, frente a la lucha puramente sindical o económica. El programa político de la organización de la clase obrera (o su ausencia) es, pues, el segundo termómetro de su conciencia de clase.


    La conciencia para sí de la clase obrera se define, pues, por dos elementos esenciales: el programa (los fines) y el tipo de organización (los medios). Ambas forman una unidad porque en función de los objetivos perseguidos los obreros se organizan de una u otra manera. Las formas de organización sirven para poner de manifiesto los verdaderos objetivos de la organización, más allá de los que retóricamente reconocen sus documentos oficiales. "Dime de qué organización dispones y te diré qué es lo que realmente pretendes".

    Una organización limitada sólo puede tener objetivos limitados. Sólo un determinado tipo de organización de clase, el partido comunista, carece de límites de ningún tipo, ni ideológicos, ni geográficos, ni económicos, ni legales, ni militares, ni profesionales. Sólo una organización así, de características ilimitadas, está en condiciones de acabar con el capitalismo, lo cual se debe también afirmar del reverso: para acabar con el capitalismo hay que fortalecer el partido comunista, que es un tipo de organización política que no se parece a ninguna otra.


    Sin embargo, es bastante corriente que a un partido comunista se le juzgue exclusivamente por su programa político, es decir, que se examine si es comunista o no. Pero tan interesante como lo anterior es examinar si es realmente un partido, es decir, una organización leninista de cuadros profesionales, plenamente dedicados a organizar la revolución socialista.


    Los programas de los partidos oportunistas son retóricos, puesto que no se reconocen a sí mismos como tales oportunistas sino que, muy al contrario, pretenden aparentar algo distinto de lo que realmente son.

    Por eso llenan sus declaraciones de frases revolucionarias mientras sus formas de organización están acomodadas a la vida legalista, pacífica e institucional. Es la esencia de los "anticapitalistas", que no pretenden acabar con el régimen de explotación sino convivir bajo él en una actitud de protesta permanente. Los movimientos espontáneos no se preparan para dar la batalla a la burguesía en ningún terreno, sino para lamentarse permanentemente de sus atropellos más sangrantes.

    Se trata de grupos de aficionados que dedican al movimiento sólo sus ratos libres. Su radio de acción es típicamente local, propio de pequeños círculos capaces de llevar a cabo sólo tareas muy simples que encierran a los trabajadores en una perspectiva social estrecha, dominada por lo inmediato y el corto plazo.


    A diferencia de las organizaciones de masas, la tarea de un partido comunista es la de dirigir, una función que la  pequeña burguesía no es capaz de entender porque, al navegar entre dos aguas, cree que existen movimientos sociales no dirigidos por nadie, es decir, autónomos, en los cuales las masas se agrupan y se dirigen a sí mismas de manera colectiva. Es un claro ejemplo de ceguera por su parte. La experiencia pone de manifiesto que en todo movimiento colectivo siempre hay una dirección, por más que no reconozca como tal. Un movimiento puede surgir espontáneamente y, de hecho, así ocurre la mayor parte de las veces. Pero al final alguien lo acaba dirigiendo; si no lo dirige el proletariado, lo dirige la burguesía.


    Cuando el proletariado no dirige una lucha a través de su partido comunista, la misma acaba siendo engullida por el reformismo, que es la inercia de la lucha de clases. El espontaneísmo conduce al movimiento obrero siempre por el sendero del reformismo, el sindicalismo y el electoralismo. De ahí que mientras la burguesía perseguía a los partidos comunistas, mantenía las formas de organización más primarias de la clase obrera. Hay múltiples ejemplos históricos de esa inercia. En Inglaterra los sindicatos crearon un partido propio, el partido laborista, una organización típicamente reformista, muy diferente de las propias de la clase obrera. Lo mismo cabe decir de la Iglesia católica, que desde la encíclica "Rerum Novarum", promovió formas "horizontales" de organización, como las cooperativas, tan apreciadas siempre en los medios reformistas.


    Para defender el espontaneísmo en 1972 Eduardo Fioravanti destacó el carácter creador de los movimientos de masas, algo de lo que no puede caber ninguna duda. Ahora bien, él lo contraponía al partido comunista, cuyo objeto era "limitar", "coartar" o "contener" al anterior (6). Eso no podría ser posible sin desnaturalizar la esencia misma del partido comunista, que debe ir por delante y no por detrás de los movimientos de masas, es decir, dirigir, impulsar y promover la creatividad de los movimientos de masas.


    Otras veces para camuflar su reformismo, los espontaneístas se refugian en el activismo ciego, característico de ese archipiélago de pequeñas organizaciones locales enfrascadas en un zafarrancho de combate permanente por las calles. No es nada distinto de la vieja y gastada consigna del revisionista Bernstein: "El objetivo final no es nada, el movimiento lo es todo". Es el movimiento por el movimiento mismo, sin ningún programa, ni línea, ni rumbo. El activismo es aventurerismo; a lo máximo puede conducir a estallidos de rebeldía, tan fulminantes como efímeros porque el Estado burgués los aplasta con facilidad. Entre otras cosas, que por sí misma la calle no proporciona, la revolución exige organización.


    Es una creencia muy extendida suponer que un movimiento revolucionario puede estallar espontáneamente o que las masas van a lanzarse a luchar por el socialismo por sí mismas, de manera que cuando eso no se produce los que opinan así se quedan perplejos y se preguntan por qué las masas no se sublevan, a pesar del paro y de las difíciles condiciones de subsistencia que padecen. Es una pregunta que ya está respondida hace muchísimos años: la experiencia histórica demuestra que sin organización y dirección, el movimiento de masas no genera revolución sino reformismo, y que si su situación es tan dura que se ven obligadas a levantarse tumultuariamente, sólo se producirán rebeliones, estallidos masivos de cólera más o menos prolongados, pero jamás revoluciones. En todo el mundo el movimiento obrero ha conocido ambas situaciones y sabe que tanto el reformismo como las explosiones de rebeldía son estériles para la revolución.


    Como se observa en la actual crisis, el capitalismo conduce a las masas a una situación extrema que las obliga a salir a la calle a protestar, sin lo cual no es posible la revolución. Pero dicha situación, aunque es una condición necesaria, no es suficiente. La conciencia de clase, hay que volver a repetirlo, es una unidad que se desdobla. No basta el movimiento por sí mismo, por más radical que se muestre; además tiene que tener una dirección, un rumbo, que no está en su propio seno sino que, como dijo Lenin, procede de fuera del propio movimiento:


    "El error fundamental de todos los 'economistas': el convencimiento de que se puede desarrollar la conciencia política de clase de los obreros 'desde dentro', por decirlo así, de su lucha económica, o sea, partiendo sólo (o al menos, principalmente) de esta lucha, basándose sólo (o al menos, principalmente) en esta lucha. Semejante opinión es errónea de raíz [...]

    "Al obrero se le puede dotar de conciencia política de clase sólo desde fuera, es decir, desde fuera de la lucha económica, desde fuera del campo de las relaciones entre obreros y patronos. La única esfera de que se pueden extraer esos conocimientos es la esfera de las relaciones de todas las clases y sectores sociales con el Estado y el gobierno, la esfera de las relaciones de todas las clases entre sí" (7).


    Un avión tampoco determina por sí mismo su rumbo; la navegación aérea la dirige desde tierra la torre de control. Del mismo modo, para determinar el rumbo del movimiento de masas hace falta un partido comunista que las dirija "desde la torre de control" o, como decía Lenin, "desde fuera". Para estar en condiciones de dirigir un movimiento de masas, un partido comunista se debe diferenciar de las propias masas y de sus organizaciones. El partido comunista es una parte pero no es el movimiento mismo; no puede dirigirlo si se confunde con él, que es otro vicio arraigado del espontaneísmo, que también fue criticado por Lenin:


    "El culto a la espontaneidad origina una especie de temor de apartarnos un poquitín de lo que sea 'accesible' a las masas, un temor de subir demasiado por encima de la simple satisfacción de sus necesidades directas e inmediatas. ¡No tengan miedo, señores! ¡Recuerden ustedes que en materia de organización estamos a un nivel tan bajo que es absurda hasta la propia idea de que podamos subir demasiado alto!" (8).


    La lucha contra el espontaneísmo es la lucha contra el oportunismo en el terreno de la organización. Cada uno de los pasos que acomete un partido comunista debe ser consciente, lo cual equivale a decir, discutido, planificado y bien meditado. A diferencia de otras, la actuación comunista no se improvisa. Es la única organización de la clase obrera capaz de explicar y argumentar no sólo sus objetivos últimos sino cada uno de sus movimientos tácticos.


    Notas:


    (1) Marx, Miseria de la filosofía, Madrid, 1974, pg.257.

    (2) Marx y Engels, El manifiesto comunista, Obras Escogidas, tomo I, pg.31.

    (3) Marx y Engels, La Ideología Alemana, Montevideo, 1959, pgs.60-61.

    (4) Lenin, ¿Qué hacer?, Obras Escogidas, tomo I, pg.139.

    (5) Reinaldo Iturriza López: Del partido/maquinaria al partido/movimiento, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=114484

    (6) Eduardo Fioravanti: El concepto de modo de producción, Barcelona,

    1972, pgs.217 y stes.

    (7) Lenin, ¿Qué hacer?, Obras Escogidas, tomo I, pg.179.

    (8) Lenin, ¿Qué hacer?, pg.223.


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    La I Internacional



    Marx no sólo veía el objetivo principal de su vida en demostrar teóricamente la inevitabilidad del hundimiento del capitalismo y del triunfo de la revolución proletaria, sino también en ayudar al sepulturero de la sociedad capitalista, al proletariado, a organizar sus fuerzas para el asalto. Mientras terminaba el primer tomo de El Capital, Marx trabajó para organizar, cohesionar y educar a las masas obreras. Engels decía que el trabajo de Marx en la I Internacional era la cumbre de toda su actividad política y de partido.

    El desarrollo del capitalismo y el aumento de la explotación del proletariado y de las masas trabajadoras, así como la crisis mundial de 1857 y la reanimación de los movimientos democrático-burgueses y de liberación nacional que la siguieron, en particular, la insurrección polaca de 1863, contribuyeron al despertar político del proletariado, engendraron en él un afán de actuar coordinadamente. El 28 de septiembre de 1864 se fundó en Londres, en un mitin celebrado en St. Martin's Hall, la Asociación Internacional de los Trabajadores. Al éxito de la Internacional no sólo contribuyó la situación histórica de entonces, sino también el que fuera Marx su verdadero fundador y organizador, quien la dirigiera e inspirara en el transcurso de toda su historia.


    Se deben a Marx los principales documentos de la Internacional, entre ellos el Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores y los Estatutos Provisionales de la Asociación. Al redactarlos en 1864, Marx procuró, sin apartarse de sus principios, darles una forma aceptable para los obreros de países diversos y de un grado de desarrollo desigual. La táctica de Marx en la Internacional tendía a que se explicase de modo tenaz y paciente a los obreros, basándose en la experiencia práctica de las masas, la inconsistencia del reformismo, así como del sectarismo y dogmatismo y se conquistase paso a paso a las masas, logrando que abrazaran la teoría auténticamente científica y la táctica revolucionaria del proletariado.


    Durante el primer período de la actividad de la Internacional, Marx centraba su atención en la lucha económica del proletariado, en la cual veía un poderoso medio para organizar y educar a las masas obreras. Cuando, en 1865, Weston, un seguidor de Owen, intentó demostrar en una reunión del Consejo General que las huelgas y los sindicatos no reportaban ningún provecho a los obreros, Marx rebatió enérgicamente sus falsas y nocivas ideas. Al mismo tiempo que defendía, en contra de los owenistas, proudhonistas y lassalleanos la necesidad de la lucha económica cotidiana de la clase obrera contra el capital, Marx atacaba resueltamente a los dirigentes oportunistas de las tradeuniones inglesas, que circunscribían las tareas de la clase obrera a la lucha por las reivindicaciones económicas cotidianas de los obreros, relegando al olvido los intereses vitales del proletariado, la necesidad de suprimir la propiedad privada sobre los medios de producción. En 1898, después de la muerte de Marx, su hija Eleonora publicó, con el título Salario, precio y ganancia, el informe que su padre hiciera entonces en el Consejo, y en el que, de una manera accesible y llana, exponía varias tesis fundamentales de su futura obra El Capital.


    En la primera etapa del funcionamiento de la Internacional, los principales adversarios del marxismo fueron los partidarios de Proudhon, contra los que hubo ya que luchar en la Conferencia de Londres (1865) y en el Congreso de Ginebra de la Internacional (1866). Aunque, por estar ocupado con El Capital, no pudo asistir al Congreso de Ginebra, Marx dio a los delegados del Consejo General detalladas instrucciones en las que señalaba como tareas inmediatas las siguientes: luchar contra la importación de obreros extranjeros que los capitalistas practicaban durante las huelgas y los cierres patronales; por la jornada de ocho horas y por limitar la jornada de trabajo de los niños y los adolescentes, así como por su educación intelectual y física y por que se les diera instrucción politécnica. Estas instrucciones concedían gran importancia a los sindicatos, en los que Marx veía centros organizadores del movimiento obrero, subrayando los indisolubles vínculos existentes entre la lucha económica y la lucha política, entre la lucha cotidiana de la clase obrera y el objetivo final de su movimiento. Al explicar el papel que desempeñaban las cooperativas, Marx indicaba que éstas, a pesar de la gran importancia que tenían, no podían cambiar las bases del régimen social sin que el proletariado conquistase el poder.


    Después de acalorada discusión, la mayoría de los delegados al Congreso de Ginebra aprobó el programa práctico de acción trazado por Marx.


    El Congreso de Bruselas (1868) y el de Basilea (1869) fueron otras tantas etapas en la elaboración de un programa teórico unificado de la Internacional. En ellos se aprobaron las resoluciones relativas a la socialización de la tierra y la propiedad colectiva de los medios de producción. El Programa de la Internacional adquirió un carácter netamente socialista. Esto fue un triunfo ideológico sobre los proudhonianos, defensores de la pequeña propiedad. Es de notar que el Congreso de Bruselas aprobó una resolución especial sobre El Capital. En ella se señalaban los inapreciables méritos de Marx, el primer economista que había hecho un análisis científico del capital y se exhortaba a los obreros de todas las nacionalidades a estudiar esta obra.


    Mientras que en Francia y en Bélgica los principales enemigos del marxismo eran los proudhonianos, en Alemania ese papel correspondía a los partidarios de Lassalle. Cuando se fundó la Internacional, Lassalle ya no vivía, pero sus adeptos continuaban defendiendo tenazmente sus equivocadas concepciones y su nociva táctica. En varias cartas y artículos, Marx y Engels advirtieron a los obreros alemanes lo perjudicial y peligroso que eran los lazos de Lassalle con la reacción prusiana. Tomando en consideración que los dirigentes de la Asociación General de Obreros Alemanes y su órgano de prensa, El Socialdemócrata seguían aplicando la táctica de Lassalle y respaldaban la política de unificación de Alemania desde arriba, a sangre y fuego, es decir, la política bismarckista, Marx y Engels declararon que no podían colaborar en dicho periódico y condenaron el socialismo gubernamental monárquico-prusiano, que profesaban los partidarios de Lassalle.


    A través de Guillermo Liebknecht Marx y Engels tomaron medidas para fundar en Alemania un partido obrero distinto del de Lassalle. En 1868, en el Congreso de Nuremberg de las asociaciones culturales obreras, celebrado bajo la dirección de Guillermo Liebknecht y Augusto Bebel, se acordó que dichas entidades se adhiriesen a la Internacional. Así fue cómo la Asociación Internacional de los Trabajadores se abrió también paso hacia las masas obreras de Alemania. Al año siguiente se fundó en Eisenach el Partido Obrero Socialdemócrata de Alemania. Además de la organización obrera dirigida por Bebel y Liebknecht, entró en dicho partido un grupo de lassalleanos que se habían desgajado de la Asociación General de Obreros Alemanes.


    Cuando el marxismo había obtenido ya en la Internacional una victoria ideológica sobre el proudhonismo y grandes éxitos en la lucha contra el lassalleanismo, salió a escena un nuevo enemigo tan peligroso como los anteriores, aunque más pérfido: el bakuninismo. Miguel Bakunin, apoyándose en su organización anarquista, la Alianza de la Democracia Socialista, se proponía adueñarse de la dirección de la Internacional. Aunque, al ingresar en la Internacional, Bakunin había declarado disuelta la Alianza, en realidad hizo de ella una organización secreta en el seno de la Internacional.


    Después del Congreso de Basilea, los bakuninistas, paralelamente a su trabajo de zapa en la Internacional, empezaron a luchar abiertamente contra el Consejo General y contra Marx, su dirigente. Aspiraban a agrupar bajo su bandera conspirativa tanto a los partidarios de Lassalle, los socialistas realistas prusianos, como a los líderes, sumamente moderados, de las tradeuniones inglesas, con los que Marx empezaba ya a tener serias divergencias.


    Ya antes criticaba Marx la rutina y el espíritu conservador de estos representantes de la aristocracia obrera de Inglaterra, así como su arraigada costumbre de ir a la zaga de los liberales burgueses. Las discrepancias entre Marx y estos representantes de la política obrera liberal se acentuaron particularmente en la segunda mitad de la década del 60, cuando el problema irlandés pasó a ser la cuestión central de la vida política inglesa. A iniciativa de Marx el Consejo General de la Internacional manifestó su apoyo a la lucha de liberación nacional del pueblo irlandés contra la dominación colonial inglesa. En este movimiento veía Marx una fuerza dirigida no sólo contra la aristocracia terrateniente de Inglaterra, sino también contra la burguesía inglesa. El sojuzgamiento de Irlanda permitía a la burguesía inglesa escindir a los obreros en dos campos enemigos, sembrar la discordia entre los obreros ingleses e irlandeses. Marx demostraba que en esa discordia radicaban la impotencia de la clase obrera inglesa y la clave de la fuerza de la burguesía de Inglaterra. Marx explicaba a los obreros ingleses que la liberación de Irlanda era la premisa primordial de su propia liberación: Un pueblo que esclaviza a otro -decía Marx- forja sus propias cadenas.


    La experiencia de la lucha del pueblo irlandés permitió a Marx desarrollar las principales tesis de la cuestión nacional y colonial, que había expuesto anteriormente en sus artículos sobre los movimientos de liberación nacional en Europa, la India y China. Al elaborar los principios teóricos de la política del proletariado en la cuestión nacional y colonial, Marx enseñaba a la clase obrera a que examinase este problema desde el punto de vista de los intereses de la revolución y fustigaba a los proudhonianos, que cerraban los ojos a la cuestión nacional y afirmaban que la nación era un prejuicio anticuado. Al mismo tiempo, Marx luchaba resueltamente contra el nacionalismo burgués, educando a las masas obreras en el espíritu del internacionalismo proletario. En éste veía Marx al luchador más consecuente contra la opresión nacional y el colonialismo.


    En su lucha contra los bakuninistas, Marx contó con el apoyo de la sección rusa de la I Internacional. Dicha Sección, formada en Ginebra a principios de 1870 por un grupo de emigrados políticos influenciados por las ideas de Nikolai Chernishevski y Nikolai Dobroliubov, pidió a Marx que fuera su representante en el Consejo General. A pesar de que desempeñaba ya las funciones de secretario corresponsal de Alemania, Marx respondió por carta que aceptaba satisfecho la tarea de representar a la sección rusa en el Consejo General.


    No fue casual que la sección rusa se dirigiese a Marx que, ya en aquella época, era muy popular entre los jóvenes revolucionarios rusos. La primera propuesta de traducir El Capital a una lengua extranjera partió de Rusia. Al comunicar esta circunstancia a Kugelmann, Marx señaló que otras obras suyas, como Miseria de la Filosofía y Contribución a la crítica de la economía política, no habían alcanzado en parte alguna la difusión que tenían en Rusia. A su vez, Marx manifestaba un enorme interés por Rusia, estudiando su economía, su cultura, su literatura y la lucha del pueblo ruso contra el zar y los terratenientes. En 1869, Marx empezó a estudiar el ruso y leyó en este idioma obras de Pushkin, Gogol, Saltikov-Schedrin, Flerovski, Herzen, Dobroliubov, Chernishevski y otros autores rusos.


    Desde la fundación de la Internacional, Marx trataba ya de orientar la atención de los obreros hacia los problemas de la política exterior, hacia los problemas de la guerra y la paz, hacia la lucha contra el militarismo. Llamaba a la clase obrera a pronunciarse en la arena internacional como fuerza independiente, consciente de su responsabilidad y capaz de imponer la paz donde los que se llaman sus amos incitan a la guerra. Pero a diferencia de los pacifistas burgueses, el Consejo General dirigido por Marx establecía una diferencia entre las guerras de rapiña y las de liberación. Así, en los mensajes escritos por Marx a los presidentes de los Estados Unidos A. Lincoln (1864) y A. Johnson (1865) se señala el carácter progresista de la guerra del norte contra los estados esclavistas del sur por la liberación de los negros.


    Cuando comenzó la guerra franco-prusiana, en el llamamiento del Consejo General, escrito por Marx, definió el carácter de la guerra y trazó la táctica que el proletariado debía seguir en ella. Definía la guerra de Luis Bonaparte contra Alemania como una guerra dinástica, como una guerra de rapiña, y predecía que la contienda costaría la corona al emperador francés. Al determinar el carácter de la guerra por parte de Alemania, Marx subrayaba la diferencia entre los verdaderos intereses del país y los objetivos reaccionarios, de rapiña, que perseguía Prusia. Marx señalaba que tanto los obreros avanzados de Francia como los de Alemania habían sabido adoptar una actitud acertada hacia la guerra, una actitud internacionalista: Este hecho grandioso, sin precedentes en la historia -decía Marx- abre la perspectiva de un porvenir más luminoso. Demuestra que, frente a la vieja sociedad, con sus miserias económicas y sus demencias políticas, está surgiendo una sociedad nueva, cuyo principio de política internacional será la paz, porque el gobernante nacional será el mismo en todos los países: el trabajo.


    En el segundo manifiesto, escrito después de la capitulación del ejército francés en Sedán y de la proclamación de la república en Francia, Marx señaló la profunda razón que asistía al Consejo General cuando predijo en el primer manifiesto el próximo hundimiento del Segundo Imperio.


    Subrayando que la guerra había adquirido por parte de Alemania el carácter de una guerra de rapiña, Marx dio a los obreros alemanes la consigna de Paz honrosa para Francia y reconocimiento de la República Francesa. Definiendo las tareas de los obreros franceses, Marx decía que debían aprovechar al máximo las libertades republicanas para reforzar sólidamente la organización de su propia clase. Marx preveía la agudización de la lucha de clases en Francia y por ello advertía al proletariado francés que no debía sublevarse prematuramente sin haberse preparado bien.


    Pero, al llegar a Londres la noticia de que había estallado la revolución obrera del 18 de marzo de 1871, Marx se apresuró a prestar ayuda a los obreros insurgentes de París. Escribió centenares de cartas a todos los países en que existían secciones de la Internacional, explicando al proletariado internacional el verdadero sentido de la revolución del 18 de marzo y exhortándolo a organizar un movimiento en defensa de la Comuna.


    Engels prestó una gran ayuda a Marx en aquel período. En el otoño de 1870 abandonó la oficina en Manchester y se trasladó a Londres, entregándose por entero a sus actividades en el Consejo General.


    Por medio de cartas e instrucciones verbales que trasmitían personas de confianza, Marx trataba de ayudar a los comuneros con sus consejos, previniéndoles contra posibles errores. Sin embargo, sus indicaciones no siempre llegaban oportunamente a París, pues la ciudad se hallaba sometida a estrecho cerco. Los proudhonianos y los blanquistas que encabezaban la Comuna tomaban de muy mala gana y con retraso todas las medidas que estaban en contradicción con sus dogmas sectarios y esta circunstancia también dificultaba la labor de dirección desplegada por Marx.


    Cuando la Comuna de París estaba aún luchando, Marx supo ver ya su importancia histórica, poner al descubierto sus errores fundamentales y sacar conclusiones de suma trascendencia para la teoría y la táctica revolucionaria del proletariado. En su carta a Kugelmann del 12 de abril de 1871, destacó lo que la Comuna de París había aportado de nuevo a los principios de la lucha revolucionaria: Si te fijas en el último capítulo de mi Dieciocho Brumario -decía Marx-, verás que expongo como próxima tentativa de la revolución francesa no hacer pasar de unas manos a otras la máquina burocrático-militar, como venía sucediendo hasta ahora, sino demolerla, y ésta es justamente la condición previa de toda verdadera revolución popular en el continente. En esto precisamente consiste la tentativa de nuestros heroicos camaradas de París.


    Marx limita al continente su conclusión acerca de la necesidad de destruir la vieja máquina estatal, haciendo por lo tanto de Inglaterra la única excepción entre los países europeos. Partía del hecho de que la clase obrera de Inglaterra constituía la mayoría de la población, de que allí no existía aún el militarismo y la burocracia no desempeñaba todavía un papel considerable pero, según indica Engels, Marx tampoco se olvidaba nunca de añadir que no era de esperar que las clases dominantes de Inglaterra se sometiesen a esa revolución pacífica y legar. En esta misma carta a Kugelmann, Marx señaló dos errores fatales de los comuneros:


    — se debía haber emprendido inmediatamente la ofensiva contra Versalles, mientras el enemigo estaba lleno de pánico y no había tenido tiempo de concentrar sus fuerzas. Esa ocasión se dejó escapar;
    — el Comité Central renunció demasiado pronto a sus poderes para ceder su lugar a la Comuna.


    En otra carta a Kugelmann, fechada el 17 de abril de 1871, Marx decía que el solo hecho de haber surgido la Comuna de París era ya una conquista del proletariado de importancia histórico-mundial. En su obra La guerra civil en Francia, escrita en 1871, Marx hizo una síntesis teórica de la experiencia de la Comuna. Consideraba que el mérito principal de los comuneros había consistido en que intentaron, por vez primera en la historia, crear un Estado proletario. Todas las revoluciones anteriores no habían ido más allá de simples desplazamientos entre las clases dominantes, se limitaban a cambiar una forma de explotación por otra, y, en vez de demoler la vieja máquina estatal, se circunscribían a hacerla pasar de unas manos a otras. Pero la clase obrera -decía Marx- no podía adueñarse simplemente de la máquina estatal existente y ponerla en funcionamiento para sus propios objetivos. Marx y Engels consideraban tan importante esta conclusión, que en el prefacio escrito para el Manifiesto del Partido Comunista en 1872 dijeron que la estimaban una adición muy esencial a este documento programático del proletariado.


    La Comuna no sólo demostró en la práctica la justeza de la tesis -formulada por Marx en su obra El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte- que afirma la necesidad de destruir la vieja máquina estatal, sino que procedió a erigir una organización política de nuevo tipo llamada a sustituir dicha máquina. Basándose en la experiencia de los comuneros de París, Marx dio un nuevo paso de importancia extraordinaria en el desarrollo de su teoría sobre la dictadura del proletariado, llegando a la conclusión de que un Estado del tipo de la Comuna de París era la forma política descubierta, al fin, para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo.


    Al analizar en su trabajo las medidas sociales y económicas adoptadas por la Comuna, Marx destacaba la idea de que, por más tímidas que hubieran sido, su tendencia principal era la expropiación de los expropiadores.


    Marx prestó gran atención a una cuestión que tuvo enorme importancia para la suerte de la Comuna: a las relaciones de ésta con el campesinado. El examina las medidas que la Comuna hubiera debido tomar (y no tuvo tiempo de hacerlo) en favor del campesino francés. Marx demuestra que la Comuna no sólo era la defensora natural del campesinado, sino también de la pequeña burguesía urbana, que era la verdadera representante de los intereses genuinos de la nación francesa. Termina su obra glorificando a la Comuna, como precursora de la sociedad futura.


    La guerra civil en Francia fue una nueva y brillante prueba del carácter creador del marxismo, de su capacidad de desarrollarse y perfeccionarse a base de la experiencia de las masas, de su iniciativa histórica.


    Publicada como llamamiento del Consejo General, fue un trascendental documento político de la Internacional, que pertrechó al proletariado de todo el mundo con la experiencia de la Comuna.


    Después de la derrota de la Comuna, la Internacional pasó por un período muy duro. Los gobiernos reaccionarios de diversos países redoblaron las persecuciones contra las secciones de la Internacional y la campaña de calumnias contra Marx, su dirigente. Los reformistas se asustaron y se hizo más aguda la lucha en el seno de la Internacional. Odger y Lucraft, dirigentes de las tradeuniones inglesas, declararon en la reunión del Consejo General del 20 de junio de 1871 que retiraban sus firmas al pie del Manifiesto de la Internacional. Fue una traición a la causa del proletariado. En contraposición a los jefes reformistas de las tradeunionistas ingleses, Marx declaró en la prensa que él era el autor del Manifiesto y se hacía plenamente responsable de su contenido.


    En aquel período, los más peligrosos enemigos del marxismo eran los bakuninistas, ideólogos de la pequeña burguesía que negaban la necesidad de la lucha política, del partido proletario y de la dictadura del proletariado. La ideología anarquista constituía entonces el mayor obstáculo para que el proletariado internacional asimilase la experiencia de la Comuna. Refiriéndose a esta experiencia, Marx y Engels demostraron en la Conferencia de Londres, celebrada en 1871, lo funesto que sería renunciar a la lucha política e hicieron ver la necesidad de formar un partido obrero revolucionario, cuya ausencia fue una de las causas de la derrota de la Comuna. La Conferencia aprobó una resolución, redactada por Marx y Engels sobre la lucha política de la clase obrera. Contrarrestando los esfuerzos que hacían los bakuninistas para minar la disciplina de la Internacional y convertir el Consejo General en un simple organismo de carácter informativo, la Conferencia dejó bien sentado en varias resoluciones que el Consejo General era, más que nunca, el centro ideológico, el Estado Mayor de la Internacional.


    En respuesta a la campaña que los bakuninistas emprendieron contra el Consejo General después de la Conferencia de Londres, se publicó la circular Escisiones imaginarias en la Internacional. En este documento, Marx y Engels pusieron al desnudo las intrigas, el doble juego y las actividades escisionistas de los bakuninistas, que trataban de minar la Internacional desde dentro. Los fundadores del comunismo científico pusieron al desnudo la esencia traidora de las consignas bakuninistas y denunciaron su nocivo y peligroso carácter, ya que era un medio para dejar desarmados a los obreros frente a la burguesía, armada hasta los dientes.


    La lucha contra el bakuninismo fue particularmente encarnizada en el Congreso de La Haya (1872). En uno de sus discursos ante el Congreso, Marx estigmatizó, como aliados de los bakuninistas, a los líderes oportunistas de las tradeuniones inglesas, politicastros sin principios, sobornados por su burguesía y su gobierno. El Congreso de La Haya incluyó la parte fundamental de la resolución de la Conferencia de Londres, relativa a la lucha política de la clase obrera, como artículo 7 de los Estatutos de la AIT. El punto sobre el papel del partido, que tenía importancia programática, decía: En su lucha contra el poder unido de las clases poseedoras, la clase obrera sólo puede actuar como clase organizando su propio partido político, contrapuesto a todos los viejos partidos creados por las clases poseedoras.


    Esa organización de la clase obrera en partido político propio es necesaria para asegurar el triunfo de la revolución y la realización de su meta final: la supresión de las clases. Después de conocer el informe presentado por una comisión especial encargada de investigar las actividades escisionistas de los bakuninistas, el Congreso acordó, por una mayoría aplastante, expulsar de la Asociación Internacional de los Trabajadores a Bakunin y a Guillaume, cabecillas de la Alianza. También se acordó, a propuesta de Marx y Engels, que el Consejo General trasladara su sede a Nueva York.


    Cuando el Congreso de La Haya hubo terminado sus labores, se celebró en Amsterdam un mitin, en el que Carlos Marx hizo uso de la palabra. El gran jefe del proletariado dijo: No, yo no abandono la Internacional y, como hasta ahora, dedicaré mi vida al triunfo de las ideas sociales que -de ello estamos profundamente convencidos- conducirán, tarde o temprano, a la dominación del proletariado en el mundo entero.


    El Congreso de La Haya fue el último de la Internacional. En los ocho años que se prolongó su existencia, la Internacional, dirigida por Marx y Engels, recorrió un grande y glorioso camino. La lucha que los fundadores del comunismo científico sostuvieron contra las distintas sectas socialistas y semisocialistas terminó con la victoria ideológica del marxismo.


    Después de la derrota de la Comuna se produjeron cambios radicales en toda la situación histórica, que Lenin caracterizó de la siguiente manera: La clase obrera de Inglaterra había sido maleada por las ganancias que los imperialistas obtenían, la Comuna había sido derrotada en París, el movimiento nacional burgués acababa de triunfar en Alemania (en 1871), la Rusia semisierva continuaba sumida en su letargo secular. Marx y Engels supieron apreciar el momento, comprendieron la situación internacional, comprendieron que la tarea era acercarse poco a poco al comienzo de la revolución social. Las persecuciones policíacas y la política escisionista de los partidarios de Bakunin crearon enormes dificultades a las actividades de la Internacional en Europa. Además, en las nuevas condiciones históricas, las viejas formas de la Internacional ya no correspondían a las exigencias que la historia presentaba a la clase obrera. Tomando en consideración el nuevo clima internacional, Marx y Engels plantearon al proletariado la tarea de llevar a cabo una larga preparación para la revolución socialista y, en primer término, de crear en cada país un partido proletario de masas. La experiencia de la Comuna demostró con fuerza particular lo importante e inaplazable que era esta tarea. La Internacional, dirigida por Marx, había ido preparando las condiciones para darle solución: La victoria ideológica del marxismo en la Internacional y la preparación en los distintos países de cuadros que podían ser el núcleo de los futuros partidos proletarios creaban las premisas necesarias para la formación de éstos. Dirigida por Marx, la Internacional cumplió su misión histórica, sentando los cimientos de la lucha proletaria internacional por el socialismo. La solidaridad internacional del proletariado continuó creciendo y reforzándose con formas nuevas, inherentes a la nueva etapa del movimiento obrero.


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    La última década de la vida de Marx


    En la actividad teórica de Marx en los años 70 ocupa el lugar principal su trabajo en el segundo y tercer tomos de El Capital. Reúne nuevos materiales, escribe nuevas variantes de diversas partes de su obra. Al tratar de los problemas de la renta del suelo sigue observando el desarrollo de la química, la biología y otras ciencias. Marx se interesa mucho por el progreso de la técnica y, en particular, por los primeros experimentos para la transmisión de la energía eléctrica a larga distancia. Sus trabajos de matemáticas, iniciados ya en los años 50, adquieren ahora para Marx una importancia propia. Después de su muerte, Engels tuvo la intención de publicar sus manuscritos de matemáticas, en los que de una manera nueva, original, se fundamentaba el cálculo diferencial.


    En aquellos años, Marx dedicaba mucho tiempo al estudio de la historia, sobre todo al de la historia de la propiedad comunal de la tierra. Valoraba altamente el libro La Sociedad Antigua, de Morgan (1877); en los vínculos tribales de los indios de la América del norte halló Morgan 1a clave para comprender la estructura de la sociedad primitiva. Pensando escribir un trabajo sobre esta obra de Morgan y sobre su trascendencia a la luz de la comprensión materialista de la historia, Marx tomó muchas notas del libro, agregándoles sus propias observaciones. Muerto Marx, estos materiales fueron utilizados por Engels en su obra El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, considerada por él, en cierta medida, como el cumplimiento del legado de su amigo.


    Otras pruebas del enorme interés de Marx por la historia son sus detallados Apuntes cronológicos sobre la India, escritos en 1879-1880, y sus apuntes de historia universal, más amplios aún, hechos en 1881-1882. Los apuntes cronológicos de Marx no son una simple enumeración de los acontecimientos históricos de diferentes épocas y pueblos. Al examinarlos desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores y los explotados, en sus comentarios, Marx fustiga a los enemigos de clase.


    Cualquiera que fuese la rama del saber que Marx enjuiciara, lo hacía siempre desde posiciones de partido, desde el punto de vista de la clase más avanzada, cuyos intereses coinciden con la marcha objetiva del desarrollo histórico. La ciencia era para Marx una fuerza históricamente motriz, revolucionaria, escribió Engels.


    Refiriéndose al enciclopedismo de los conocimientos de Marx, a la amplitud de sus intereses científicos, Paul Lafargue, esposo de su hija Laura, escribía: El cerebro de Marx estaba pertrechado de una cantidad inverosímil de hechos históricos, del dominio de las ciencias naturales y, asimismo, de teorías filosóficas, y sabía utilizar a la perfección toda la masa de conocimientos y observaciones que había acumulado durante un largo trabajo intelectual... Su cerebro parecía un barco de guerra, en el puerto, con las calderas a presión: siempre estaba dispuesto a zarpar en cualquier dirección del pensamiento.


    El trabajo teórico de Marx estuvo hasta el fin de sus días orgánicamente ligado a su actividad revolucionaria, pues, Marx era, ante todo, un revolucionario... Su elemento era la lucha, recordaba Engels. Es indudable que El Capital nos revela un intelecto de fuerza asombrosa y unos conocimientos enormes pero, como escribió Lafargue, todos aquellos que conocían a Marx de cerca, opinaban que ni El Capital ni ninguna otra obra suya muestran toda la grandeza de su genio y de su saber: Él estaba muy por encima de sus obras.


    Con la disolución de la Internacional, el papel de Marx como jefe del movimiento obrero internacional, lejos de disminuir, siguió elevándose, al tiempo que crecía el movimiento obrero. La I Internacional había cumplido su misión histórica, dando paso a una época de desarrollo incomparablemente más potente del movimiento obrero en todos los países del mundo, a la época en que este movimiento había de desplegarse en amplitud y crear partidos socialistas de masas sobre la base de cada Estado nacional.


    Al plantear la fundación del partido proletario en cada país como tarea histórica fundamental, Marx entendía que dicha tarea debía cumplirse tomando en consideración las particularidades de cada país, su economía, su vida política, la lucha de clases en él y el nivel teórico del movimiento obrero, así como los obstáculos con que podría tropezarse. Engels, refiriéndose a la enorme influencia de Marx en el movimiento obrero internacional, escribió en 1881: Marx, gracias a sus méritos teóricos y prácticos, goza de tal situación, que los mejores hombres del movimiento obrero de diversos países confían plenamente en él. En los momentos decisivos le piden consejo y, habitualmente, quedan convencidos de que su consejo es el mejor.


    En países tan atrasados económicamente como Suiza, Italia y España, el principal obstáculo para la formación de los partidos proletarios lo constituían los elementos pequeño-burgueses anarquistas. En un folleto especial, titulado La Alianza de la democracia socialista, Marx y Engels dieron a conocer la actividad escisionista de los bakuninistas en la. Internacional y la labor de desorganización que desplegaban en el movimiento obrero revolucionario de Suiza, Italia, Francia y Rusia, España.


    En Alemania, el obstáculo principal para la divulgación del marxismo seguía siendo el lassalleanismo. Su influencia se dejaba sentir también en el partido de Eisenach, fundado por Liebknecht y Bebel, manifestándose con fuerza singular en 1875, cuando, a pesar de las advertencias de Marx y Engels, dicho partido acordó, haciendo caso omiso de todo principio, unificarse con los lassalleanianos. El proyecto de programa para el Congreso de unificación que había de celebrarse en Gotha fue fruto de ese compromiso. En su trabajo Crítica del programa de Gotha, escrito en 1875, Marx dio una caracterización implacable de dicho programa.


    Al criticar las consignas y los conceptos erróneos, anticientíficos y oportunistas de los partidarios de Lassalle, Marx planteó y resolvió en su obra nuevos y muy importantes problemas teóricos. Los lassalleanos fueron siempre (y su influencia quedará luego en la socialdemocracia alemana) un partido político parlamentario que buscaba el control del Estado y el dominio de las instituciones estatales a base de ir ganando elecciones. Para Marx tal posición va en contra de su concepto de destrucción del Estado. Por eso, aunque en el Programa de Gotha aparecían todos los conceptos marxistas fundamentales, flotaba el Estado como una realidad que se debía cambiar gradualmente por medios pacíficos y legales.


    El primer punto que Marx ataca en su crítica es el trabajo como fuente de toda riqueza y cultura. Acerca de la naturaleza, dice: El trabajo es, en sí mismo, sólo la manifestación de una fuerza de la naturaleza, el poder del esfuerzo humano. El trabajo del hombre sólo se transforma en una fuente de valores de uso, y por tanto también de riqueza, si su relación con la naturaleza, la fuente primaria de todos los instrumentos y objetos de trabajo, es una relación de propiedad desde el principio, y si el hombre la trata como algo que le pertenece. Marx sostiene que el hombre es un esclavo porque tiene que trabajar en la propiedad que pertenece a otros y sugiere una alternativa: El trabajo llega a ser la fuente de toda riqueza y cultura, solamente cuando es trabajo social. Al llegar a este punto, propone otro enunciado, que declara ser indiscutible: El desarrollo social del trabajo, como fuente de riqueza y cultura, surge en proporción directa al desarrollo de la pobreza y depravación entre los trabajadores y de la riqueza y cultura entre los no trabajadores.


    Partiendo de las leyes del desarrollo histórico descubiertas por él, Marx penetró a bosquejar la sociedad comunista: Toda la teoría de Marx -decía Lenin- es la aplicación de la teoría del desarrollo -en su forma más consecuente, más completa, más profunda y más rica de contenido- al capitalismo moderno. Era natural que a Marx se le plantease, por tanto, la cuestión de aplicar también esta teoría a la inminente bancarrota del capitalismo y al desarrollo futuro del comunismo futuro... En Marx no encontramos el menor intento de construir utopías, de hacer conjeturas en el aire respecto a cosas que no es posible conocer. Marx plantea la cuestión del comunismo como el naturalista plantearía, por ejemplo, la del desarrollo de una nueva especie biológica, sabiendo que ha surgido de tal y tal modo y se modifica en tal y tal dirección.


    Valiéndose de ese método, Marx en su Crítica del programa de Gotha formuló una serie de tesis sobre el período transitorio del capitalismo al comunismo y sobre las dos fases del comunismo. En la primera fase del comunismo (denominada corrientemente socialismo) que viene a ser el primer peldaño de su maduración económica, debe regir el principio de distribución según el trabajo. Excepto las partes del producto total destinadas a ampliar la producción y a los fondos sociales de consumo, el trabajador recibe de la sociedad tanto cuanto le ha dado: En la fase superior de la sociedad comunista -dice Marx- cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo y, con ella, la oposición entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués, y la sociedad podrá escribir en su bandera: ¡De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades!. La teoría de las dos fases del comunismo fue un nuevo descubrimiento de Marx, extraordinariamente importante, que muestra la fuerza genial de su previsión científica.


    La revolucionaria teoría de Marx sobre el Estado culmina en la Crítica del programa de Gotha, donde argumenta la necesidad e inevitabilidad histórica de un período de transición. El Estado de este período debe ser la dictadura del proletariado.


    En la Crítica del programa de Gotha, Marx, además de examinar las cuestiones del período de transición y de las dos fases del comunismo, toca otros problemas teóricos y políticos, cuya importancia y actualidad perdura hasta ahora. Pone, por ejemplo, al desnudo lo erróneo y políticamente perjudicial de la tesis lassalleana de que, para la clase obrera, todas las demás clases no son otra cosa que una masa reaccionaria. Tal planteamiento del problema, simplista, esquemático, conduce a aislar al proletariado de los campesinos y demás masas trabajadoras y le impide cumplir su papel de luchador avanzado por la democracia y el socialismo.


    La Crítica del programa de Gotha es un documento marxista esencial, de inapreciable importancia teórica. En él, Marx da un nuevo paso gigantesco en el desarrollo de su teoría.


    Como predecían Marx y Engels, la unificación en Gotha fue un compromiso que abrió las puertas del partido a distintos elementos vacilantes, pequeño-burgueses, y rebajó el nivel teórico y político de aquella organización. Prueba de ello fue que casi todos los jefes de la socialdemocracia alemana se manifestaron partidarios del sistema socialista inventado por Eugenio Dühring, profesor de la Universidad de Berlín. Aquel sistema era una mezcla ecléctica de conceptos científicos anticuados y de teorías pequeño-burguesas.


    Con el fin de permitir que Marx pudiera dedicarse a El Capital, Federico Engels se encargó de escribir un trabajo criticando a Dühring. Sin embargo, Marx tomó una parte muy activa en la labor de su amigo en el Anti-Dühring, escrito en 1878. Antes de entregar el manuscrito a la imprenta, Engels se lo leyó entero a Marx, quien, además, escribió el capítulo X de la sección sobre la economía política, donde expuso concisamente un esbozo de la historia de la economía política. El Anti-Dühring, original enciclopedia que aclara los problemas principales de la filosofía marxista, la economía política y el comunismo científico, desempeñó un gran papel en la defensa, el desarrollo y la propaganda del marxismo.


    Marx y Engels advertían al Partido Socialdemócrata Alemán de que la confusión teórica reinante en él podía acarrearle peligrosas consecuencias políticas. La vida confirmó que Marx y Engels estaban en lo cierto. La primera prueba seria, la prueba a que sometió al partido la ley de excepción contra los socialistas, promulgada por Bismarck en octubre de 1878, reveló en su seno vacilaciones oportunistas tan fuertes, que ponían en peligro la existencia misma de la socialdemocracia alemana como partido obrero. En sus cartas a los dirigentes de la socialdemocracia alemana y sobre todo en la famosa Circular escrita el 17 y 18 de septiembre de 1879, Marx y Engels criticaron resueltamente tanto a los oportunistas descarados (Hochberg, Bernstein y otros) como el sectarismo y las tendencias anarquizantes (J. Most y otros) en la socialdemocracia germana. Los fundadores del marxismo explicaron a los dirigentes de esta última el gran peligro que representaban en el partido los elementos oportunistas, que trataban de convertir el partido obrero en un partido pequeño-burgués reformista. Velando por la pureza de la teoría revolucionaria y luchando contra todo oportunismo, tanto en el terreno teórico como en el práctico, Marx y Engels ayudaron a la socialdemocracia alemana a elaborar en las difíciles condiciones creadas por la ley de excepción, una línea revolucionaria acertada. La táctica que los fundadores del marxismo proponían a la social-democracia alemana consistía en crear una organización ilegal y un órgano de prensa revolucionaria del partido, combinar el trabajo ilegal con el legal, utilizar la tribuna parlamentaria para desenmascarar la política del gobierno y hacer agitación entre las masas. Ellos confiaban, ante todo, en las masas obreras, en su valor e iniciativa.


    Como resultado de la crítica implacable de Marx y Engels y de la presión de las masas obreras, la dirección del partido, que se había desconcertado a raíz de la entrada en vigor de la ley de excepción, comenzó a enmendar su línea política. Esto no quiere decir que en el partido cesara la actividad de los oportunistas. El ala derecha anidó en el seno de la minoría parlamentaria y de vez en cuando lanzaba ataques contra la línea del partido. Al analizar las raíces del oportunismo, puesto de manifiesto en el interior del partido, Marx y Engels las veían en la naturaleza de la pequeña burguesía, en el espíritu mezquino y filisteo inherente a ella.


    Marx y Engels prestaban a la socialdemocracia alemana una atención particularmente grande porque, después de la derrota de la Comuna de París, el proletariado alemán había quedado en cabeza del movimiento obrero internacional. Ellos querían que la socialdemocracia alemana -el primer partido basado en los principios de la Internacional- fuera un ejemplo para los partidos obreros que comenzaban a formarse también en otros países.


    Siguiendo de cerca la formación de estos partidos, Marx y Engels deseaban ayudarles con sus consejos. Citaremos como ejemplo que Marx participó directamente en la redacción del programa del Partido Obrero de Francia, dictando a Julio Guesde, que le visitó en Londres en 1880, la introducción al programa. Marx y Engels apoyaban la lucha de Julio Guesde y Paul Lafargue contra los posibilistas, partidarios del reformismo pero, al mismo tiempo, los criticaban por su proclividad a la frase revolucionaria, y por su dogmatismo e insuficiente flexibilidad táctica, defectos inherentes sobre todo a Guesde. Al producirse en 1882 la escisión entre los partidarios de Guesde y los posibilistas, Marx y Engels la consideraron un acontecimiento positivo, un progreso en el desarrollo del partido obrero.


    Si en Francia, donde la clase obrera se veía sometida a la influencia del medio pequeño-burgués circundante, la formación del partido obrero iba acompañada de una aguda lucha interna, en Inglaterra eran todavía más difíciles las condiciones para su constitución. En su mayoría, los obreros ingleses se circunscribían a luchar por reivindicaciones económicas y por reformas que no rompían las relaciones capitalistas existentes. Eso era porque, si bien es verdad que desde la década del 70 su monopolio industrial empezaba a decaer, debido a la competencia de Alemania y Estados Unidos, Inglaterra conservaba, no obstante, su monopolio colonial, lo que permitía al capitalismo inglés obtener enormes superbeneficios y arrojar unas migajas a la aristocracia obrera inglesa. Marx estimaba que una de las causas del atraso político de los obreros ingleses era su peculiar indiferencia por la teoría.


    A comienzos de la década de los ochenta, debido a cierta reanimación del movimiento obrero inglés y a los éxitos obtenidos por el movimiento socialista en el continente, en Inglaterra también se manifestó cierto interés por el socialismo. Por entonces apareció el folleto Inglaterra para todos, de Hyndman. Los capítulos de este folleto sobre el trabajo y el capital no eran sino una versión de los capítulos correspondientes de El Capital, aunque ni esta obra ni su autor se mencionaran para nada. Indignado por este proceder, Marx decía en una carta a Sorge: A todos estos respetables escritores pequeño-burgueses, no especialistas, les inspira un deseo irrefrenable: hacer dinero, cobrar fama, amasar capital político sin pérdida de tiempo, aprovechando cualquier idea nueva, que un viento propicio haya hecho llegar hasta ellos. En el transcurso de unas cuantas veladas ese mozo robándome, sonsacándome ideas y deseando aprender del modo más fácil. Marx expresó personalmente su indignación a Hyndman. Este se justificó diciendo que a los ingleses no les gusta que los aleccionen extranjeros. Cuando el escritor, que se distinguía por lo sumamente confuso y ecléctico de sus concepciones, quiso ser heraldo de las ideas socialistas y organizador del partido, Marx, como es natural, acogió sus propósitos con extrema desconfianza.


    La formación del partido obrero en Estados Unidos tropezó con dificultades no menores. Ello se debía a las fluctuaciones en la composición de la clase obrera norteamericana y a la posibilidad que entonces se tenía de comprar a bajo precio tierra y hacerse granjero, así como al hecho de que los obreros autóctonos ocupaban una posición privilegiada en comparación con los emigrantes, cuyo salario era inferior, y con los negros, cuya situación era aún peor. Las discordias nacionales y raciales, azuzadas por la burguesía, dividían a la clase obrera. La lentitud con que las ideas socialistas se difundían allí se debía también a que la mayoría de los propagandistas del socialismo eran alemanes, lassalleanos los más de ellos. Los lassalleanos hacían la propaganda en el espíritu dogmático, estrecho y rutinariamente sectario que les era propio. Lo mismo que el inglés, el movimiento obrero estadounidense se distinguía por su carácter eminentemente utilitario, por su indiferencia hacia la teoría.


    La falta de madurez teórica del proletariado norteamericano hacía que muchos obreros se vieran influidos por reformadores sociales de todas las especies, que les prometían algo tangible en un futuro inmediato. Uno de esos reformadores fue Henry George, autor de El progreso y la pobreza, escrito en 1880, obra que hizo furor en su tiempo. Posteriormente, la influencia de Henry George se dejó sentir también en Inglaterra. George decía que a toda opresión le llegaría su fin en cuanto se nacionalizara la tierra y fuera el Estado quien percibiese la renta del suelo. Marx decía en una carta a Sorge: Todo eso no es sino un intento, disfrazado de socialismo, de salvar la dominación de los capitalistas y, de hecho, fortalecerla otra vez sobre una base más amplia que la que tiene ahora. Criticando la idea de George de que la nacionalización de la tierra era la panacea contra todas las lacras de la sociedad capitalista, Marx señalaba que, en determinadas condiciones, esa reivindicación podía presentarse en calidad de medida transitoria, como se había hecho en el Manifiesto del Partido Comunista.


    Al mismo tiempo que ponían al desnudo la insolvencia teórica de las concepciones burguesas y pequeño-burguesas que influían todavía en la clase obrera de Inglaterra y Estados Unidos, Marx y Engels luchaban contra el sectarismo de los socialistas ingleses y norteamericanos. En sus cartas a Sorge y a otros partidarios suyos les aconsejaban que no se mantuvieran al margen del movimiento obrero -en espera de que éste se elevara a la altura de un programa teóricamente claro, científico- y se sumaran a él para predecir a los obreros las consecuencias de sus errores y enseñarles analizando éstos.


    Subrayando el carácter creador del marxismo y luchando contra la actitud dogmática y libresca hacia su doctrina, viva y en constante desarrollo, Marx y Engels decían: Nuestra doctrina no es un dogma, sino una guía para la acción.


    Enriqueciendo sin cesar la teoría revolucionaria y velando por su exactitud, Marx y Engels luchaban consecuentemente por la creación de partidos auténticamente proletarios, portadores de teoría revolucionaria y capaces de dirigir el movimiento del proletariado tanto en la lucha por los intereses inmediatos, diarios, de los obreros y de las masas trabajadoras como por su meta final: derrocar el capitalismo. Con sus consejos y su crítica, Marx y Engels prestaban un apoyo efectivo a los socialistas de Europa y América.


    Lenin decía que en las cartas de los fundadores del marxismo a los socialistas de distintos países podían apreciarse claramente dos direcciones de consejos, indicaciones, enmiendas, amenazas e instrucciones. Ellos exhortaron con la mayor insistencia a los socialistas anglo-norteamericanos a que se fundiesen con el movimiento obrero y extirpasen de sus organizaciones el estrecho y rutinario espíritu de secta. Ellos enseñaron muy insistentemente a los socialdemócratas alemanes a no caer en el fariseísmo, en el cretinismo parlamentario, expresión de Marx utilizada en la carta del 19 de septiembre de 1879 para expresar el oportunismo intelectual pequeño-burgués.


    Al dar sus consejos e indicaciones a los socialistas de distintos países, Marx y Engels tomaban en consideración las condiciones en que se desarrollaba el movimiento obrero de este o aquel país y las tareas concretas que tenía planteadas su proletariado. Los fundadores del marxismo esgrimían la poderosa arma de la dialéctica materialista tanto en la elaboración de la teoría revolucionaria como en el terreno de la política y la táctica y en la dirección del movimiento obrero internacional.


    Las indicaciones de los fundadores del marxismo acerca de las tareas del proletariado en los distintos países y de los programas y la táctica de los partidos proletarios encierran enorme interés teórico y político. En el Manifiesto del Partido Comunista, Marx y Engels hablaron ya del partido como destacamento de vanguardia del proletariado. Estas primeras tesis fueron completadas y desarrolladas por ellos basándose en la experiencia de las revoluciones de 1848-1849, en las enseñanzas, todavía más ricas, de la Internacional y de la Comuna de París, y, por último, en la experiencia que aportó la formación de los partidos socialistas en los distintos países.


    Estas tesis de los fundadores del marxismo acerca del partido las desarrolló posteriormente Lenin, al formular su teoría del partido como arma fundamental de la clase obrera en la lucha por la dictadura del proletariado y por la construcción de la sociedad comunista.


    Preparando a la clase obrera para futuras luchas revolucionarias, Marx llegó ya en los años 70 a la conclusión de que el país impulsor de la revolución en Europa sería Rusia. Marx estudiaba numerosos materiales y libros sobre Rusia no porque le guiase únicamente su interés teórico por los problemas de la renta del suelo, sino porque sentía también interés político por un país de tan enormes posibilidades revolucionarias. Marx seguía con simpatía extraordinaria la lucha de los revolucionarios rusos, que constituían entonces un grupo bastante reducido, contra la autocracia, y consideraba que una de sus tareas más importantes era ayudar a los elementos progresistas de Rusia en sus dificultosas búsquedas teóricas, facilitarles la comprensión de los objetivos de su lucha de liberación y el cauce que ésta debía seguir. Por esta causa, la correspondencia que Marx mantenía con los revolucionarios rusos aumentaba de año en año y éstos encontraban siempre en su casa buena acogida, consejo y ayuda. En algunas cartas Marx criticaba las ideas de los populistas, los cuales consideraban que la comunidad campesina rusa era el embrión y la base del socialismo. En su Prefacio a la edición del Manifiesto del Partido Comunista escrito en ruso y publicada en 1882, Marx y Engels, a la pregunta acerca de las perspectivas del desarrollo económico de Rusia y el destino de la comunidad campesina rusa, que preocupaba mucho a los revolucionarios rusos, le dieron la siguiente respuesta: Si la revolución rusa da la señal para una revolución proletaria en occidente, de modo que ambas se completen, la actual propiedad común de la tierra en Rusia podrá servir de punto de partida a una evolución comunista. Así, pues, Marx y Engels admitían que, en determinadas condiciones históricas, el desarrollo de Rusia por un camino no capitalista era posible. En ese mismo Prefacio definían del siguiente modo el papel que Rusia había comenzado a jugar en el movimiento revolucionario: Rusia está en la vanguardia del movimiento revolucionario de Europa.


    Las cartas escritas por Marx en los últimos años de su vida reflejan el ansia con que esperaba la inminente revolución rusa, que, según él, debía marcar un próximo viraje en la historia del mundo. Pero las esperanzas de Marx de ver aún el triunfo de esa revolución no se cumplieron.


    Aún tenía en proyecto un trabajo inmenso, al que se dedicaba cuando su salud se lo permitía. En la época de pleno desarrollo de sus fuerzas, había trazado el modelo, los contornos y había fijado las leyes fundamentales de la producción y del intercambio capitalista. Pero no había tenido fuerzas suficientes para hacer de todo ello una obra viva, terminada, como el primer tomo de El Capital, que tan brillantemente saca a la luz el mecanismo de la producción capitalista y la lucha entre capitalistas y obreros que se desarrolla sobre dicha base.


    Pese a que iba perdiendo fuerzas por la enfermedad, su incontenible afán por la lectura seguía siendo el mismo. No se cansaba de hacer acotaciones, complementando con ellas sus carpetas con los manuscritos de los capítulos inacabados de El Capital. Pero no se limitaba a los problemas de la economía política. Estaba empeñado en utilizar el materialismo dialéctico en distintas ramas 1a ciencia. Prestó sostenida atención a los estudios las ciencias naturales, astronomía, química, agroquímica, biología, geología, matemáticas y física, profundizando en todas estas materias; continúa asimismo sus investigaciones de historia universal.


    Marx estudió con toda meticulosidad libros de fisiología de las plantas, los animales y el hombre; al leer, los recapitulaba o hacía acotaciones. Durante muchos años Marx mostró pasión por las matemáticas. Los estudios sistemáticos le permitieron realizar investigaciones propias en esta materia. A comienzos de los años ochenta Marx escribió dos manuscritos: La noción de la función derivada y Sobre la diferencial, que proponía, al parecer, emplear de base para una fundamentación del cálculo infinitesimal que no le dio tiempo de exponer.


    Continuó aumentando el volumen y la variedad de estudios históricos que acometía, relacionándolos estrechamente con las investigaciones de economía política y también con el propósito de aplicar los resultados de estas a otras ciencias sociales. Al descubrir la ley económica del capitalismo, Marx deseaba presentar la formación capitalista como un organismo vivo, para lo cual estudiaba los fenómenos de superestructura, la historia política, la historia de la cultura, etc.


    Liebknecht escribió en sus memorias que este tenía una inteligencia universal y polifacética que abarcaba todo el Universo, penetraba en todos los detalles, sin despreciar nada ni considerar nada insustancial o insignificante. Observar esta inteligencia, seguir cómo experimenta el impacto de las condiciones circundantes y cala cada vez más hondo en la esencia de la sociedad era de por sí un gran gozo.


    Los participantes del movimiento obrero de distintos países tenían gran confianza y respeto a Marx. Los obreros comprobaron en la práctica el valor de los consejos que habían recibido de él respecto a las más diversas cuestiones de la teoría y práctica del movimiento revolucionario.


    La casa de Marx era un centro a donde acudían por cientos los representantes del movimiento obrero. También se daba cordial acogida allí a destacados científicos y demócratas. Las puertas de esta casa estaban abiertas hospitalariamente, y para ser recibido por Mark no se requería ser un incondicional suyo. Marx era un gran conversador, desarrollaba y aducía razones en apoyo a su punto de vista. Y pese a que las opiniones no coincidían siempre en todo, es difícil que entre los visitantes de Marx hubiese quien no quedara fuertemente impresionado por su personalidad.


    Era asombroso su don de gentes -escribió en sus memorias Eleanor, la hija menor de Marx- su habilidad para inculcar a los interlocutores lo que les interesaba a ellos. Oí hablar con frecuencia a personas de condición y profesión diversas que él tenía una capacidad singular para comprenderlos y para orientarse en los asuntos que les traían. Cuando creía que uno aspira a algo de verdad, su paciencia no tenía límites. Ninguna pregunta le parecía desmerecer respuesta; ningún argumento, fútil para ser abordado. Su tiempo y sus extensos conocimientos siempre estaban a disposición de cualquiera que quisiera aprender algo.


    En veinte años de vida en el destierro de Londres se produjeron no pocos cambios en la familia de los Marx. Crecieron Jenny y Laura; en 1870 cumplió 15 años Eleanor. Las tres hijas de Marx brillaban por sus dotes y capacidades, por su inteligencia. Era propio de ellas la solidaridad por los oprimidos y el deseo de contribuir a su lucha emancipadora. La hija mayor de Marx estudió con entusiasmo la historia del movimiento obrero y las ciencias sociales. Laura se hizo una excelente traductora: tradujo varias obras de su padre, entre ellas el Manifiesto Comunista, al francés; canciones de Béranger, poemas de Eugene Pottier y a otros muchos autores al inglés. En 1868 se casó con el socialista francés Paul Lafargue, y fue para él fiel ayudante y compañera en sus actividades revolucionarias. En octubre de 1872 abandonó la casa paterna también Jenny, la mayor, como compañera de Charles Longuet, importante figura de la Internacional. Jenny y Laura continuaron la vida de refugiados políticos porque ni Paul Lafargue ni Charles Longuet pudieron hasta 1880 retornar a Francia por el peligro de caer presos.


    A Marx le gustaba el vino, lo que es natural en quien había nacido en Mosela, la Rioja alemana. También tenía pasión por el tabaco. Él mismo decía, a modo de broma, que El Capital ni siquiera le había dado para pagar el tabaco que se había fumado preparándolo. Además, como no tenía dinero, fumaba un tabaco infecto, y de este modo acortó considerablemente su vida y contrajo la bronquitis crónica que tanto le hizo sufrir durante sus últimos años.


    Un trabajo intelectual excesivo y las constantes privaciones materiales minaron prematuramente el poderoso organismo de Marx. Se encontraba profundamente minado por la enfermedad, su organismo estaba completamente agotado. Su último año y medio de vida fue una muerta lenta. A instancias de sus parientes y amigos, Marx se trató en 1874, 1875 y 1876 en Carlsbad (Karlovy Vary, actualmente Chequia). Pero el peligro de verse perseguido por los gobiernos prusiano y austríaco le impidió seguir tratándose en dicho balneario.


    La muerte de su esposa, ocurrida el 2 de diciembre de 1881, fue un tremendo golpe para él, y Marx empeoró mucho de salud. El viaje que hizo a Argelia y al sur de Francia para curarse una pleuritis y la vieja bronquitis que le aquejaba no le reportó ninguna mejoría. Al poco tiempo, una nueva desgracia se abatió sobre él: murió Jenny, su hija mayor, esposa del socialista francés Carlos Longuet y madre de cinco hijos, que eran los favoritos de Marx. No pudo soportar esos dos golpes extremadamente dolorosos. Algo tosco por naturaleza, Marx, por extraño que parezca, quería mucho a su familia y era muy tierno en su vida privada. Leyendo sus cartas a su hija mayor, cuya pérdida le impresionó tan profundamente que sus allegados esperaban que se muriera de un día a otro, se queda atónito quien las lee ante la sensibilidad y la ternura extraordinaria de una persona en apariencia ruda.


    En enero de 1883, Marx volvió a caer gravemente enfermo, sus fuerzas empezaron a decaer rápidamente. El 14 de marzo, al pasar de su dormitorio al despacho, Marx se dejó caer en un sillón y se durmió apaciblemente para siempre.


    En sus cartas dirigidas a todos los confines del mundo, Engels comunicó a los amigos y camaradas la enorme pérdida que había sufrido el movimiento obrero internacional: El cerebro más poderoso de nuestro partido ha dejado de pensar, el corazón más fuerte que yo he conocido, ha dejado de latir. También le escribió a Sorge:


    Todos los fenómenos, incluso los más horribles, que tienen lugar según las leyes de la naturaleza, comportan un consuelo. Lo mismo ocurre en este caso. Quizás el arte de la medicina hubiera podido permitirle vivir dos o tres años más de un modo vegetativo, con la vida impotente de un ser que se muere lentamente; pero Marx no habría soportado semejante vida. Vivir teniendo ante sí una serie de trabajos no realizados, y soportar el suplicio de Tántalo de pensar en la imposibilidad de llevarlos a cabo, hubiera sido para él mil veces más penoso que una muerte tranquila. La muerte no es terrible para el que muere, sino para los que quedan vivos, solía decir siguiendo a Epicuro. Ver a este hombre genial, lleno de fuerza, convertido en una ruina, arrastrando su existencia a la mayor gloria de la medicina y para alegría de los filisteos, a quienes había fustigado inmisericordiosamente cuando se encontraba en la plenitud de sus fuerzas y que habrían encontrado ahora la ocasión propicia para dejarle en el ridículo, hubiese sido un espectáculo lamentable, y es mil veces mejor que haya sucedido lo ocurrido, que haya desaparecido y que pasado mañana lo depositemos en la tumba donde duerme su mujer.


    En mi opinión, teniendo en cuenta lo que ha padecido, no había otra solución; lo sé mejor que todos los médicos.


    Que así sea. La humanidad ha perdido un gran hombre. Ha perdido a uno de sus representantes más geniales.


    El movimiento del proletariado seguirá su camino, pero no contará ya con el jefe a quien reconocieron en sus horas críticas franceses, rusos, americanos y alemanes, y quien siempre les daba consejos claros y seguros, consejos que sólo un genio podía dar, consejos propios de una persona completamente al corriente de la cuestión.


    El sábado 17 de marzo de 1883, Marx fue enterrado en el cementerio de Highgate en Londres. Engels pronunció sobre su tumba un discurso, hablando de la hazaña titánica de Marx como sabio y como revolucionario, de su lucha abnegada y heroica por la causa proletaria, por un futuro mejor para toda la humanidad. Engels concluyó el discurso con estas palabras: ¡Su nombre y su obra vivirán a través de los siglos!


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    La doctrina de Marx es todopoderosa porque es exacta


    Estas palabras de Lenin han sido confirmadas plenamente por la historia. Han transcurrido casi dos siglos desde que nació Marx y más de cien años desde que dejó de existir. Pero su nombre, al igual que el de Federico Engels, su gran camarada de lucha, no sólo no ha sido olvidado, sino que es más querido cada día por todos los trabajadores de nuestro planeta. La doctrina de Marx muestra cada vez con más claridad su fuerza revolucionaria, transformadora.


    El marxismo es una doctrina viva, en constante desarrollo. Después de poner los cimientos de esta doctrina, realmente grandiosa, Marx y Engels la fueron puliendo durante decenas de años, analizando con espíritu crítico todos los nuevos logros de la ciencia y sintetizando teóricamente las nuevas experiencias de la lucha del proletariado y de las masas trabajadoras.


    Muertos Marx y Engels, la historia, al llegar la época del imperialismo, planteó nuevos y complejos problemas, a los que no se podía hallar una solución directa y exhaustiva en las obras de los fundadores del marxismo. La tarea de seguir impulsando el marxismo fue realizada por Lenin, discípulo y continuador de la causa de Marx y Engels. Lenin consideraba deber suyo y tarea del partido creado por él, defender el marxismo de todo género de tergiversaciones y vulgarizaciones, desarrollarlo sobre la base de la rica experiencia de la clase obrera de Rusia y de todo el mundo y plasmar en una realidad viva la gran doctrina de Marx.


    Un gran triunfo del marxismo-leninismo fue la victoria en 1917 de la Revolución de Octubre que abrió una nueva época en la historia de la humanidad: la época del paso del capitalismo al socialismo en todo el mundo. El Estado socialista creado bajo dirección de Lenin fue la encarnación de la teoría de Marx acerca de la dictadura del proletariado, un nuevo tipo de Estado, que asegura una auténtica democracia a todos los trabajadores. El país de los soviets, fusionado por la unidad político-moral de sus pueblos y la irrompible amistad fraterna de las diferentes naciones que lo componían, fue capaz de resistir el potente empuje de las hordas hitlerianas, asestarles un golpe demoledor y jugar el papel decisivo en la liberación de los pueblos de Europa del fascismo.


    El triunfo de la Revolución Socialista de Octubre en 1917 situó a la clase obrera en el centro de los acontecimientos de la época actual, confirmando la tesis del marxismo acerca de la histórica misión liberadora del proletariado. La consolidación del socialismo ejerció una influencia enorme en el movimiento obrero internacional y acrecentó el prestigio científico del marxismo-leninismo. Al propio tiempo, la historia demostró la esterilidad del reformismo y la incapacidad de los gobiernos socialfascistas para consolidar los cimientos del dominio capitalista.


    El acontecimiento histórico más importante acaecido después de la Revolución Socialista de Octubre fue el que, después de la segunda guerra mundial, un grupo de países emprendiese el camino del socialismo. La experiencia de estos países enriqueció y concretó la comprensión tanto de las leyes generales como de los diversos métodos y formas de la edificación socialista.


    La Revolución Socialista de Octubre había asestado ya un golpe muy rudo a todo el sistema del dominio colonial. Después de la segunda guerra mundial vino el derrumbamiento del sistema colonial del imperialismo. La formación del sistema socialista mundial generó un tipo nuevo, socialista, de relaciones internacionales, basado en los principios de la igualdad de derechos, el respeto a la soberanía nacional, la colaboración multilateral y la ayuda mutua de los Estados socialistas. Este nuevo tipo de relaciones internacionales es una brillante encarnación del gran principio del internacionalismo proletario, proclamado por Marx y Engels. Toda desviación del internacionalismo proletario trae malas consecuencias para la causa del socialismo.


    La historia ha confirmado en la práctica la tesis marxista-leninista acerca de la necesidad de que a la cabeza de las masas haya un partido proletario de nuevo tipo, pertrechado con la teoría revolucionaria. El movimiento comunista, orientado en sus comienzos por Marx, ha llegado a ser un movimiento verdaderamente mundial, convirtiéndose en el más consecuente intérprete de los anhelos de todos los explotados y oprimidos, y lucha por los intereses vitales de los pueblos. Al elaborar su estrategia y su táctica, la vanguardia comunista impulsa y enriquece la doctrina marxista-leninista. Los partidos comunistas vinculan estrechamente la lucha por las reivindicaciones inmediatas de los trabajadores con la lucha por su meta final y armonizan sus tareas internacionalistas. La clase obrera de los países capitalistas refuerza su lucha contra los monopolios y contra la política reaccionaria y fascista de los gobiernos que les sirven.


    La unidad internacional de los comunistas crece y se robustece en la lucha contra el imperialismo, contra todas las variedades del oportunismo y contra el nacionalismo burgués. El imperialismo conduce directamente a las guerras de rapiña. Al propio tiempo que luchan contra las guerras imperialistas, de rapiña, los comunistas apoyamos las justas guerras de los pueblos, víctimas de las agresiones imperialistas, en defensa de sus conquistas revolucionarias, por la liberación nacional, las guerras de las clases revolucionarias contra las fuerzas reaccionarias que, con ayuda de las armas, intentan mantener su dominio.


    No obstante, los revisionistas acabaron prostituyendo, hasta hacerlo irreconocible, el marxismo-leninismo y tanto la Unión Soviética como los demás países socialistas sucumbieron y retornaron al capitalismo. Por eso, la defensa del pensamiento de Marx no es un algo académico ni teórico sino la defensa misma de la clase obrera internacional y de sus conquistas. Frente a los revisionistas no caben las medias tintas; hay que desplegar una denuncia en toda línea porque sólo ellos pudieron lograr lo que los fascistas no habían logrado en la guerra mundial por la fuerza de las armas: acabar con el socialismo y sembrar la confusión en el movimiento revolucionario internacional.


    La lucha contra el revisionismo y el reformismo, iniciada también por Marx y Engels, es otra experiencia que no podemos dejar en el olvido. Dolorosamente, las derrotas del movimiento obrero nos lo recuerdan a cada paso.


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    Hasta 2025 no culminará la recopilación de las obras completas de Marx y Engels


    Los escritos de Marx y Engels son un iceberg del cual sólo conocemos una mínima parte. Cuando murieron, tres cuartas partes de ellos, aproximadamente, seguía inédita. En una carta a Danielson de octubre de 1868 Marx le decía: Yo mismo carezco de una recopilación de mis trabajos, que fueron escritos en diferentes idiomas e impresos en diferentes lugares. Luego, en 1881, en uno de sus últimos años de vida, cuando Kautsky le preguntó por la posibilidad de publicar una edición completa de sus obras, Marx respondió: Antes que nada éstas deberían escribirse. El marxismo, pues, está aún por escribirse, pero empieza por los propios escritos de ambos que, aún hoy, permanecen inéditos en una parte muy considerable, especialmente la correspondencia y las anotaciones y comentarios que Marx y Engels hacían de los textos que leían.


    En particular, la correspondencia que Marx y Engels intercambiaron en el transcurso de sus vidas y la que mantuvieron con los corresponsales con los que estuvieron en contacto, es muy voluminosa. El número total de cartas de este epistolario supera las 10.000 aproximadamente. Los historiadores ya han encontrado más de 4.000 cartas escritas por ambos, de las cuales 2.500 son las que se intercambiaron entre ellos y otras 10.000 son las escritas por ellos a terceros. Además, sabemos de la existencia de otras 6.000, aunque no fueron remitidas.


    Desde los años treinta del pasado siglo, dos tercios de los manuscritos los tiene el Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam; otro tercio está en Moscú.


    La tarea de recopilarlos es ingente, pero no sólo por la enormidad de la tarea, ni tampoco por motivos técnicos. Desde el principio se cebó sobre ellos la censura de quienes debían haber impulsado su divulgación. Sobre la publicación de los trabajos de los dos autores influyó inicialmente la fuerte corriente reformista dentro del Partido Socialdemócrata alemán, que silenció y ocultó sus escritos. Luego traficó con ellos: ni los publicaban ni dejaban tampoco que otros los publicaran, algo especialmente grave porque algunos de los que circulaban lo hacían en las versiones falsificadas que ellos habían difundido. Los revisionistas como Bernstein se basaban en ellos para justificar sus posiciones ideológicas. Entonces eran ellos los que conservaban buena parte de la documentación y, desde luego, eran también los albaceas de los derechos testamentarios y de autor de la herencia literaria de Marx y Engels, incluida la biblioteca personal de ambos. Por ejemplo, Engels había depositado en manos de Bernstein importantes manuscritos, entre otros, el original de La ideología alemana.


    El marxista italiano Antonio Labriola exigió a la socialdemocracia alemana poner al alcance de los lectores toda la obra científica y política de Marx y Engels. Era un deber del partido alemán ofrecer una edición completa y crítica de todos los escritos de los clásicos, acompañada en cada caso de prólogos descriptivos y declarativos, índices de referencia, notas y remisiones. Había que incluir a los escritos ya aparecidos en forma de libros o de opúsculos, los artículos de periódicos, los manifiestos, las circulares, los programas y todas las cartas que, por ser de interés público y general, tuvieran una importancia política o científica.


    En 1902 Franz Mehring divulgó algunos escritos inéditos, pero sobre las ediciones preparadas por la socialdemocracia alemana de los textos de Marx y Engels siempre acechó la sospecha de tergiversación que podían sufrir cuando sus contenidos se cruzaran con los estrechos intereses de los reformistas.


    A partir de 1904 los socialdemócratas austriacos (Max Adler, Otto Bauer, Adolf Braun, Rudolf Hilferding y Karl Renner) empezaron a publicar en Viena Marx Studien, una revista ideológica de enorme alcance que dio a conocer algunos de los documentos inéditos de nuestros clásicos. Hacia 1910 empezaron a discutir el proyecto de unas obras completas de Marx y Engels. Al año siguiente, los austromarxistas se reunieron en Viena con Riazanov, cuyo nombre real era David B. Goldendach (1870-1937), un intelectual de Odessa que entonces colaboraba con el archivo de la socialdemocracia en Berlín. Establecieron por primera vez las primeras líneas editoriales para una edición crítica de las obras de nuestros clásicos.


    También aparecieron los primeros problemas de financiación. La socialdemocracia alemana dejó claro que no estaban interesados en absoluto en adelantar dinero para la edición.


    Hacia 1917 Riazanov publicó dos volúmenes de escritos de los fundadores del marxismo de la década de 1850, incluyendo alrededor de 250 artículos desconocidos para el gran público de diarios como The New York TribuneThe People's Paper y Neue Oder Zeitung.


    Tras la Revolución de Octubre los bolcheviques tuvieron, finalmente, que comprar a precio de oro algunos de aquellos documentos para darlos a conocer a los proletarios del mundo entero.


    El primer intento sistemático de reunir y publicar todos los escritos de los fundadores del marxismo se remonta a 1921, cuando en la Unión Soviética se funda el Instituto Marx-Engels bajo la dirección del excéntrico Riazanov. El Instituto Marx-Engels disponía de una biblioteca, un archivo, y un museo, dividido en cinco secciones: Marx y Engels, historia del socialismo y el anarquismo, economía política, filosofía e historia de Inglaterra, Francia y Alemania. A lo largo de los años se le sumaron otros: Primera y Segunda Internacionales, historia de la ciencia, historia de la sociología, historia del derecho, la política y el estado, relaciones internacionales, historia del marxismo en el movimiento obrero, etc.


    El corazón del Instituto era su biblioteca. No sólo incluía estudios sobre la historia del anarquismo, socialismo, comunismo y el movimiento obrero, sino libros raros, incunables, diarios, octavillas, manuscritos y primeras ediciones de clásicos, desde Tomás Moro. El Instituto recopiló esta colección de diversas formas. Al comienzo, se proveyó exclusivamente de las bibliotecas expropiadas en la propia Rusia después de 1917, como por ejemplo la de Tanieiev, que contenía una excelente colección de autores socialistas y una rara colección de impresos de la Revolución Francesa.


    Por supuesto, estos suministros fueron insuficientes por la propia censura del zarismo, que impidió la importación de libros de autores prohibidos, incluyendo no sólo a socialistas o anarquistas sino incluso a autores liberales, como el orientalista Renán, o historiadores sociales de la Revolución Francesa, como Michelet.


    El Instituto buscó otras opciones. Una fue la posibilidad de apropiarse en otras bibliotecas de la Unión Soviética de libros que el Instituto consideraba necesarios o únicos. Otra, que el Instituto fue designado el depósito oficial de toda nueva edición de un libro, una norma equivalente a la del British Museum. Una tercera es que se le otorgó un importante presupuesto para viajar o designar corresponsales que compraran materiales por todo el mundo. El Instituto creó una red internacional de personal extranjero colaborador y autorizado para adquirir libros raros y manuscritos en todas las capitales europeas. Además intentó desarrollar contactos permanentes con Japón (instituto Ohara), España (a través de Wenceslao Roces) e Inglaterra.


    En Viena adquirió dos grandes bibliotecas sobre socialismo, anarquismo y movimiento obrero. Fueron las bibliotecas de Theodore Mautner y Wilhelm Pappenheim: 20.000 libros más un archivo considerable de documentos, manuscritos y papeles personales de Lasalle. También la de Carl Grünberg, con más de 10.000 ejemplares de libros raros, folletos, panfletos y diarios del movimiento obrero. En 1921 compraron la biblioteca del filósofo neokantiano Wilhelm Windelband. En 1925 adquirieron la biblioteca más completa dedicada al filósofo anarquista Max Stirner, propiedad del poeta, novelista e historiador escocés John Henry Mackay: 300 manuscritos y 1.200 libros únicos. En enero de 1925 la biblioteca poseía 15.628 volúmenes escogidos, además de numerosos manuscritos de Marx y Engels y miles de documentos capitales de la historia, de la I Internacional, el sansimonismo, el fourierismo, todo Babeuf, Blanqui y el movimiento obrero europeo, incluido un periódico obrero editado por Lasalle en su juventud. Entre los documentos encontrados por el Instituto se encontraban los periódicos originales en los cuales habían colaborado Marx y Engels, incluyendo el Vorwärts, publicado por Marx en París en 1844 y el Rheinische Zeitung de 1842-43. Ya en 1930 la biblioteca incluía 450.000 volúmenes, la mayoría raros o incunables.


    Fue único en el mundo en su género. En una época de guerra civil y cerco internacional, la financiación del ingente trabajo cultural del Instituto soviético fue impresionante. Se transformó en un verdadero laboratorio para investigadores, académicos, cuadros y militantes, en general. Inició una política amplia de publicaciones accesorias que acompañaran el proyecto de edición de las obras completas. Lanzaron dos publicaciones básicas: una anual, el Archivo Marx y Engels y la revista semestral Letopisi Marksizma (Anales del Marxismo) de que aparecieron trece números entre 1926 y 1930. En cuanto a Anales del Marxismo, muchos de sus artículos se publicaron en la versión alemana de Bajo la Bandera del Marxismo, que se empezó a editar en alemán en 1925. Aunque ambas se iniciaron en ruso, inmediatamente se intentó traducirlas al alemán, en un enorme esfuerzo político-ideológico como Archivo Marx y Engels.


    Se preparó la publicación de una Biblioteca del Materialismo, con ediciones críticas de Holbach, Hobbes, Diderot, La Mettrie, etc.; las obras completas de figuras claves del movimiento socialista mundial, como Plejanov, Kautsky (en 21 volúmenes en octava), Antonio Labriola, Karl Liebknecht, Rosa Luxemburgo o Paul Lafargue. También iniciaron el lanzamiento de una Biblioteca Marxista, incluyendo ediciones anotadas de los clásicos del marxismo, entre ellas una versión del Manifiesto Comunista, una Biblioteca de Clásicos de la Economía Política con Adam Smith, Ricardo, Quesnay. Por supuesto, ediciones anotadas de Hegel y Feuerbach.


    En 1925 el Instituto firmó un convenio con la socialdemocracia alemana y el Institut für Sozialforschung (conocida como embrión de la Escuela de Frankfurt) para constituir una sociedad editora encargada de publicar de forma conjunta un volumen de estudios marxistas de aparición regular, el Archiv Marx-Engels, equivalente en alemán de su versión en ruso.


    Otra de las tareas fue la de reunir a especialistas en lenguas extranjeras (francés, inglés, alemán) para preparar la primera edición de las obras completas de Marx y Engels. La obra estaba planificada en cuarenta y dos volúmenes en octava, distribuidos en cuatro secciones:


    — las obras filosóficas, económicas, históricas y políticas, a excepción de El Capital (17 volúmenes)
    — El Capital con todos los borradores y manuscritos inéditos (13 volúmenes);
    — la correspondencia de Marx y de Engels reproducida literalmente (10 volúmenes)
    — el índice general (2 volúmenes).


    Una primera recopilación se publicó en alemán bajo el epígrafe Marx-Engels Gesamtausgabe (MEGA), que aún es la base para las traducciones de los escritos de Marx y de Engels que se difunden en todos los idiomas del mundo. Entre los documentos más importantes aparecidos entonces estaban La ideología alemana y los Manuscritos filosófico-económicos.


    Entre 1928 y 1946 se publicó en ruso la primera edición de las obras completas, denominada Sochineniya, que, a pesar de su nombre, reproducía solo un número limitado de los escritos en 28 volúmenes (33 tomos) que, no obstante, conformaron entonces la compilación cuantitativamente más consistente de ambos revolucionarios. La segundaSochineniya apareció entre 1955 y 1966 en 39 volúmenes (42 tomos).


    De 1956 a 1968, en la República Democrática Alemana, por iniciativa del Comité Central del Partido Socialista Unificado, se imprimieron 41 volúmenes (en 43 tomos) de la Marx Engels Werke (MEW) con numerosas introducciones y notas. Sin embargo, aquella edición tampoco era completa, aunque constituyó la base de numerosas ediciones análogas en otros idiomas, entre las que están las Opere italianas, que nunca fueron completadas y aparecieron sólo 32 de los 50 volúmenes previstos.


    En 1975 comenzó otro intento de reproducir todos los escritos de ambos revolucionarios, la llamada MEGA2, que se proponía reproducir de manera fiel y con un amplio aparato crítico todos sus escritos. El proyecto se suspendió por el derrumbe de los países socialistas en 1989.


    En 1990, con el objetivo de completar la edición histórico-crítica, distintos institutos de Holanda, Alemania y Rusia conformaron la Internationale Marx-Engels Stiftung (IMES, Fundación Internacional Marx Engels) con sede en Amsterdam, cuyo enlace es:




    De esta fundación forman parte la Academia de Ciencias de Berlín-Brandeburgo, el Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam, el Instituto de Investigación Histórica de la Fundación Friedrich Ebert y los Archivos de historia social y política de Rusia. Agrupa a investigadores y editores de tres continentes con el objetivo de completar la edición de las obras completas de ambos autores.


    El proyecto cuenta con la colaboración de 100 editores de todo el mundo interesados en la publicación de las obras completas. Los investigadores calculan que podrá terminarse en 2025 y, por tanto, habrán transcurrido 100 años desde que se emprendió la tarea en la Unión Soviética.


    Tras una meticulosa fase de preparación en la que se perfilaron los nuevos principios editoriales y después del traspaso de la editorial Dietz Verlag a la Akademie Verlag, se retomó en 1998 la publicación de la MEGA2.


    El proyecto integral, en el cual participan investigadores que trabajan en Alemania, Rusia, Japón, Estados Unidos, Holanda, Francia y Dinamarca, se divide en cuatro secciones: la primera comprende todas las obras, los artículos y los bosquejos, excluido El Capital; la segunda, El Capital y todos sus trabajos preparatorios a partir de 1857; la tercera, el epistolario; la cuarta, los resúmenes, anotaciones y notas al margen.


    Hasta hoy, de los 114 volúmenes han sido publicados 52 (12 después de su reanudación en 1998), cada uno de los cuales consta de dos tomos: el texto más el aparato crítico, que contiene los índices y muchos datos adicionales.


    Según la nueva línea editorial de MEGA2, los volúmenes ya no están divididos, como en el pasado, en dos partes distintas, una con las cartas escritas por Marx y Engels, y la otra con las recibidas por ellos; todas las cartas siguen rigurosamente un criterio cronológico de sucesión.



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    He decidido adjuntar en la biografía de cada autor obras escritas por el mismo, así como trabajos relacionados con dicho personaje histórico.

    Se hará de forma progresiva y, tal como vaya encontrando material digno de ser compartido, se irá incorporando a la entrada del clásico marxista en cuestión.

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    Como Manolo el del Bombo con la Selección Nazional, Iñaki Gil de San Vicente también se pasea por sus foros en cuanto hay partido de fútbol para pronunciar sus pedantes sermones que, cuando los pone por escrito son aún mucho peores. Si le pagan los gastos de viaje no se pierde un partido. Es un charlista infatigable y un figurín camaleónico: en todas esas ligas de fútbol, nacionales e internacionales, aparece disfrazado de cualquier cosa, como en un Halloween permanente. Es independentista vasco cuado se tercia, marxista si fuera necesario,trotskista por naturaleza, stalinista en el homenaje a Larrañaga, consejista por convicción, anarquista por dedicación, maoísta cuando propone "tomar el cielo por asalto"... todo en el mismo saco. Incluso Gilito no tiene empacho en escribir para la Iglesia artículos como éste:

    ¿Qué salida a la crisis?
    Iñaki Gil de San Vicente, Herria 2000 Eliza, 31 de julio de 2012
    http://www.rebelion.org/noticia.php?id=153839

    Aunque sus enemigos le tienen principalmente por trotskista, lo cierto es que si se hubieran leído su artículo "Marx y Cuba" se habrían apercibido de que, con tal de subirse a cualquier carro, a Gilito no le importa defender a Cuba, pero con muletillas características como ésta, que demuestran la cuadratura del círculo:

    "Cuba ha demostrado [...] el fracaso de la escolástica stalinista [...] Estos y otros autores que es imposible citar aquí, nos descubren el 'otro marxismo' oculto cuando no reprimido por una plomiza mole de dogmatismos y tópicos que aun perviven pese a la implosión de la ideología stalinista. Llegamos así al segundo punto antes citado, el del fracaso de la URSS para comprender qué era la revolución cubana. Veremos cómo la burocracia stalinista descargó sobre Marx su exclusiva impotencia teórica para predecir y comprender la revolución cubana, y veremos cómo nunca hizo el mínimo esfuerzo para corregir su error estratégico, sino al contrario, lo ahondó y multiplicó" (http://www.lahaine.org/paisvasco/marx_cuba.pdf).

    Ya ven Ustedes; aunque nunca lo hubieran sospechado, es cierto: la burocracia soviética no entendió la revolución cubana. Lo más probable es que no entendieran nunca nada de nada. Los bolcheviques siempre tuvieron un conocimiento "muy restringido" del marxismo, afirma Gilito (¿Lecciones del stalinismo?). Es increíble que en 1917 lograran dirigir una revolución, luego una guerra civil, después una guerra mundial y que se mantuvieran tantos años a pesar del cerco imperialista. ¿Cuáles fueron los motivos por los cuales los soviéticos nunca entendieron nada? Pues porque entonces Gilito no había pronunciado sus monsergas sobre el marxismo, que en aquella época aún estaba "oculto". Sólo conocían un marxismo visible, el de la apestosa burocracia stalinista. Pero ese no es el marxismo de verdad, el genuino, el auténtico. Ni siquiera es el único marxismo, porque esa es otra que Usted ignoraba: no hay un solo marxismo sino dos (por lo menos). Además del anterior, hay afortunadamente "otro" que hasta ahora ha estado "oculto" y que sólo Iker Jiménez y el Tío Gilito nos pueden descubrir: el que durante décadas "una plomiza mole de dogmatismos y tópicos" ha tratado de guardar escondido... nada menos que en Cuba. Es cuestión de arqueología, de excavar o mejor aún: de profundizar. En la URSS eran unos superficiales y por eso no comprendieron (entre otras muchas cosas) lo que era realmente la revolución cubana.

    Lo que caracteriza a Gilito son parrafadas así de ridículas. Que nadie le pregunte a él por los fundamentos de sus tonteorías, porque en todos sus escritos no hay ni una sola nota a pie de página, ninguna argumentación, ningún razonamiento, ninguna explicación... nada de nada. Su rutina consiste en encadenar una frase tras otra. Cualquier divagación con tal de llenar páginas como un poseso, tantas más cuanto menos conoce. En todos sus escritos siempre incluye una línea en la que dice lo siguiente: "Podría extenderme más sobre este complejo asunto, pero por falta de espacio me ceñiré ahora a unas breves palabras". Entre la verborrea de Gilito, típica de un acomplejado, hay que destacar algunas expresiones realmente ridículas:

    - praxis estratégica
    - zoológicos sociales
    - poder tecnocientífico
    - praxis científico-crítica
    - desarrollo autocentrado
    - frente de brecha de combate
    - interacción de contradicciones
    - componente autocrítico de la crítica
    - simbiosis de depredadores asesinos
    - revolucionarización de las condiciones de existencia
    - la contradicción expansivo-constrictiva inherente a la definición simple de capital
    - velocidad caótica de las leyes de perecuación, centralización y concentración de capitales

    Por favor, reflexionen Ustedes un momento sobre lo siguiente: cuando Gilito se refiere a los "múltiples y complejos macropoderes capilares", ¿creen que les está hablando de algo relacionado con el pelo?, ¿con las peluquerías quizá?, ¿con los nuevos peinados?, ¿con el estilismo actual?

    Algunos malabarismos verbales suyos, como éste, son realmente gloriosos: "La política marxista es la síntesis entre la economía concentrada como realidad objetiva y la conciencia concentrada como realidad subjetiva" (¡?!).

    Otro modelo de frase pretenciosa, donde las haya, es cuando en su artículo "La lucha política es para tomar el poder" propone lo siguiente: "Luchar por la creación de contrapoderes populares y obreros, que sean la expresión local de la autoorganización colectiva en la que incide internamente la política independentista estratégicamente orientada". ¿Alguien se atreve a traducir esto a términos comprensibles para los seres humanos?

    Como buen burgués, Gilito hace gala de un desprecio insultante hacia sus oyentes y lectores, a quienes trata de impresionar con palabras altisonantes y frases ampulosas que no significan nada pero que ellos creen -ingenuamente- que necesariamente deben significar algo que no son capaces de comprender por culpa de su propia ignorancia. Habitualmente consideramos que los autores profundos son aquellos a los cuales no se les entiende lo que dicen, porque algo deben tratar de decir. Hoy nadie toma en consideración a un filósofo cuya lectura no requiere esfuerzo. Por el contrario, consideramos que son simples, e incluso algo peor, dogmáticos, a aquellos cuyo pensamiento nos resulta transparente y claro.

    Cuando alguien padece incontinencia verbal es muy probable que agote todas las palabras del diccionario. Sin embargo, hay algunas que el Tío Gilito no utiliza nunca porque las ha dejado fuera de sus "Obras Compuestas", como las siguientes:

    - proletariado
    - dictadura del proletariado
    - planificación socialista
    - expropiación de los medios de producción
    - partido comunista
    - marxismo-leninismo
    - negación de la negación
    - lucha ideológica (reformismo, revisionismo, izquierdismo, derechismo, oportunismo)
    - internacionalismo proletario
    - fascismo

    Sus tonteorías también tienen nombres sonoros. Cuando el ecologismo estaba de moda, a Gilito se le ocurrió inventar nada menos que un "socialismo ecológico antiimperialista" en el que a cada palabra procedente de las universidades USA (o sea, de las fábricas ideológicas del imperialismo) se encadenaba otra peor para anunciar la “venganza de la naturaleza”, un apocalipsis planetario tras otro: "extinciones""cataclismos" y, en fin, una "catástrofe ecológica planetaria". Lo puedes leer en este enlace:

    Socialismo ecológico antiimperialista ¿Ecologismo progre, ecosocialismo, decrecimiento?
    http://www.lahaine.org/b2-img10/gil_ecol.pdf

    Cambiemos de tercio porque tenemos que hablar de todo un poco: ¿se han dado cuenta Ustedes de la profundidad de la crisis económica capitalista?, ¿su pareja les ha deshauciado de su corazón por culpa de la composición orgánica de capital?, ¿tienen el corazón partido desde la bancarrota de Lehman Brothers?, ¿odian más y follan menos? Pues sí, Marx también tenía razón en este punto tan importante de la lucha de clases. La intimidad de nuestras vidas, nuestro universo afectivo no es más que otra superestructura que se ve afectada por la economía como todas las demás: "La afectividad, el amor, la sexualidad, la amistad, y hasta el odio, no se viven de la misma forma en una fase expansiva que en una Gran Recesión que avanza una Gran Depresión, y menos aún se gozan de la misma forma".

    Gracias a este descubrimiento, el Tío Gilito estalece la siguiente ley general que rige en la sociedad capitalista:

    "La salud psicosomática se deteriora en proporción inversa al aumento de la explotación"

    Tomen buena nota de esta ley porque a Marx se le olvidó incluirla en "El Capital", aunque es tan importante -por lo menos- como la caída de la cuota de ganancia: el aumento de la explotación no conduce a la revolución sino al psiquiátrico.

    Ustedes tampoco sabían que hay una economía objetiva y otra subjetiva, pero afortunadamente tenemos a Gilito para que nos lo recuerde: no podemos negar "el contenido económico de lo subjetivo, reduciendo lo económico a una burda materialidad mecánica y automática", dice Gilito. "Las fuerzas productivas también están formadas por fuerzas productivas especiales, tanto objetivas como subjetivas, apareciendo las últimas como cualidades de los individuos" (Nuestro Marx ahora).

    Pero donde nos demuestra todo su arte es en las definiciones, que no son otra cosa más que burdas confusiones. Por ejemplo, en su artículo "La lucha política es para tomar el poder"equipara el concepto de alienación con una manera vulgar de referirse a al fetichismo, es decir, confunde a una cosa con otra.

    También tiene una gloriosa definición petarda de ideología, que reza así: "Es la forma inversa de ver y conocer la realidad, es invertir la causa por el efecto, lo material por lo ideal, lo cambiante por lo estático, lo contradictorio por lo no contradictorio".

    En otro artículo titulado "El marxismo como teoría-matriz" define la praxis de la siguiente forma: "El concepto de 'praxis' proviene de lo mejor de la filosofía dialéctica de la Grecia clásica, y quiere decir la capacidad del ser humano libre para crear cosas nuevas". En una línea tan breve, las dos afirmaciones de Gilito son mentira:

    a) el concepto de praxis no procede de la dialéctica griega sino de la filosofia materialista del Renacimiento
    b) la praxis no son como las composiciones musicales (producción, crear cosas nuevas) sino más bien como una gira de conciertos (reproducción de lo ya existente)

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    A continuación pasaremos a recopilar una serie de artículos dedicados a desenmascarar a ese oportunista vasco que tiene por nombre Iñaki Gil de San Vicente, popularmente conocido como el tío Gilito.
    La mayoría de los artículos están escritos por Demófilo, pero también se incorporarán aquellos en los que se le dé guerra.

    Gil de San Vicente o el oportunismo vestido de esperpento

    Las "Obras Compuestas" del Tío Gilito

    Los bombones del Tío Gilito para estas entrañables fiestas

    Contrapoder, doble poder y poder popular (o sea, cómo Euskadiko Ezkerra renace de sus cenizas)

    No encuentro ningún oportunista que no defienda el contrapoder...

    Un marco autónomo de la lucha de clases

    El pregonero del mundialmente famoso 'marxismo vasco'

    Todo lo que Usted siempre quiso saber sobre dialéctica gilística pero nunca será capaz de comprender

    El socialismo vasco del siglo XXI

    Cuando Engels (y en parte Marx) se pusieron ciegos,
    pero Gilito les quitó la venda de los ojos para que vieran la luz

    La madre del cordero de todas las críticas al idealismo alemán

    Pueblos sin pasado, pueblos sin futuro

    Una autocrítica de Engels: el 'factor subjetivo'

    La propiedad es un robo

    'Dicía Risco, cando Risco era alguén' (Castelao)

    El Pacto de Unbe

    Los antidisturbios del capital

    Galíndez al servicio del PNV, del FBI y de la CIA

    El PNV en Argentina

    ¿Traidores? ¿Quiénes son los traidores?

    El concepto de nación de Stalin

    De la física nuclear a la sociología barata: 'masa numérica' y 'masa crítica'

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    Jaime Ortega 

    Periodista y analista en Altos Estudios Estratégicos para la Seguridad. Ex-colaborador de "Cambio y debate"

    La participación del CNI en tareas de custodia de personal cercano a la Casa del Rey implica que hay luz verde a la aplicación del art. 4 de la Ley reguladora del Centro Nacional de Inteligencia, que prepara ya las condiciones para un escenario sin Juan Carlos.
    La participación del CNI en tareas de custodia de personal cercano a la Casa del Rey implica que hay luz verde a la aplicación del art. 4 de la Ley reguladora del Centro Nacional de Inteligencia, que prepara ya las condiciones para un escenario sin Juan Carlos.
    Las revelaciones realizadas por el ex director de ABC, Jose Antonio Zarzalejos, confirman la versión que ya circula entre las diferentes sedes gubernativas: como ya ocurriera en la década del 70 con el extinto CESID, principal estratega de la llamada “transición”, ahora es el CNI el que aborda la tarea de reciclar el marco político español para preservar la estructura del régimen.
    Zarzalejos, en una serie de artículos no desmentidos por la Casa Real (que también demuestran la llegada del diario ABC al círculo íntimo del monarca), viene explicando los pasos que el alto personal cercano al rey Borbón está programando para realizar una transferencia pactada del cargo en la Jefatura del Estado en su hijo el Príncipe Felipe, algo que incluye una reforma antes del verano del art. 57 de la Constitución Española, regulador de la institución de la abdicación1.
    Las fuentes mencionadas por Zarzalejos abundan en la necesidad de nuevas caras en la dirección política del Estado, una salida honrosa al creciente descrédito social de la monarquía, y un cambio de estrategia que algunos dirigentes políticos llaman “segunda transición”2.
    La participación del CNI
    El artículo 4 de la Ley 11/2002 reguladora del CNI expresa las funciones y objetivos que se le encomiendan al organismo de inteligencia: “Obtener, evaluar e interpretar información y difundir la inteligencia necesaria para proteger y promover los intereses políticos, económicos, industriales, comerciales y estratégicos de España, pudiendo actuar dentro o fuera del territorio nacional”.
    Los seguimientos en clave de “protección” realizados por el CNI a “Ingrid” (nombre en clave de la aristócrata alemana Corinna zu Sayn-Wittgenstein que el CNI le adjudicó)3 detallan una especial atención de los servicios de información del Estado por los movimientos en la Casa Real, que contrariamente a lo que determinados medios de comunicación están planteando, no tiene como fin esclarecer hechos de corrupción que vinculen a la monarquía, sino tener garantías de una salida honrosa de Juan Carlos de la Jefatura del Estado, con una jubilación de oro y un retiro de lujo. El CNI ya colaboró con la Casa del Rey haciendo seguimientos a Letizia Ortiz y a su familia, para averiguar aspectos sobre su entorno4.
    Hay que recordar que no es la primera vez que los servicios de inteligencia españoles participan de operaciones políticas de gran calado5. Juan María de Peñaranda, militar del ex CESID y responsable del llamado “Sector Político” durante los años de la Transición, explica cómo el servicio de inteligencia creado por el Almirante Luís Carrero Blanco fue el motor de aquella operación del régimen. Incluso recuerda unas palabras de Felipe González refiriéndose al CESID y a Carrero: <<Me dijo que en su casa tenían un respeto imponente por Carrero Blanco, porque es el que le dio el pasaporte para ir a Suresnes y ser secretario general. Y me recalcó: “Así que no consiento que en mi presencia se ataque a Carrero, que es el que me hizo secretario general del PSOE”>>6.
    Los plazos
    Según Zarzalejos, la Casa Real quiere esperar al intervalo entre el cierre de la instrucción del Caso Noós y el trámite de juicio oral, momento idóneo en el que no habrá citaciones, documentación ni prensa que haga sombra a la noticia de la abdicación de Juan Carlos ni que vincule ambos hechos. Para ese momento, el CNI anticipa un deterioro de la “paz social” y un mayor descrédito político de las instituciones del Estado. Para analizar el momento propicio, el CNI cuenta con la llamada “Brigada Operativa de Apoyo”, un cuerpo de en torno a 100 personas de la escalaja ejecutiva del Cuerpo Nacional de Policía que prestaría atención a los movimientos sociales y que velarán por el momento justo para el anuncio7.
    Para el CNI(y paradójicamente, noticia confirmada para buena parte de la extrema derecha8), el ascenso de Felipe de Borbón a la Jefatura del Estado deberá plantearse ante la sociedad y ante la política exterior española como una suerte de catarsis nacional que vendría a poner fin a la agitación social, un repliegue parcial de la represión en movilizaciones, determinadas medidas de gracia con los más afectados por la crisis económica y un refuerzo de las estructuras identitarias del Estado con las Fuerzas Armadas regresando a la vida política.
    Previo a la II República hubo una dictadura militar con un Directorio Civil que quiso purgar la represión del Directorio Militar de Primo de Rivera, y un Expediente Picasso9 que era necesario ocultar al pueblo. En este caso, el recorrido es incluso parecido: una decadencia institucional que la clase dominante necesita ocultar, un proceso represivo cada vez más agudo, un Príncipe que deberá purgar las culpas de lo heredado, y cuando fracase...¿una III República?. Ojalá.


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