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Podemos pierde más de la mitad de sus votos en las Vascongadas

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Tras la borrachera llega la resaca. En sólo tres meses, Podemos, que había ganado el primer puesto en las anteriores elecciones en las Vascongadas, ha perdido más de la mitad de los votos.

En Galicia ha perdido un 21 por ciento de votos, pero en las Vascongadas lo que ha perdido es un verdadero bastión.

No es que sus sueños se hayan venido abajo; lo que se ha desplomado son los sueños de quienes les votaron en las anteriores elecciones. La pérdida de votos ha sido la misma en los tres territorios vascongados: un 53 por ciento. Si en lugar de elecciones fuera una operación, hablaríamos de hemorragia.

El montaje Podemos es víctima de la propia campaña publicitaria intensiva que le aupó hasta los platós de televisión. Al principio todos pican el anzuelo: compran para probar el nuevo producto, hasta que se dan cuenta de que no tiene nada que ver con lo que anunciaban y vuelve a comprar lo de siempre, lo mismo de antes.

Nadie sabe si Podemos es carne o pescado. Es algo tan deliberadamente confuso que, finalmente, los votantes se han dado cuenta de que sólo vende humo. Han realizado una campaña absolutamente vacía de contenido. Como es marca de la casa, no se han posicionado en ninguno de los temas clave de las Vascongadas.

Nadie sabe su opinión sobre la independencia, la consulta soberanista o la incorporación de Navarra a la Comunidad Autónoma Vasca.

Sus propuestas ante la crisis del capitalismo y la miseria creciente no han ido más allá de un par de tópicos gastados.

Es normal que Podemos no tenga ningún contenido político, social ni ideológico porque, también en las Vascongadas, es una jauría de corrientes y tendencias unidas por una misma marca comercial. No hay nada más.

Como cualquier otro consumidor, el votante siempre prefiere lo malo conocido, las marcas de (des)confianza, como la banda de Otegi, que celebra el desplome de sus competidores. Están eufóricos porque “sólo” han perdido cuatro escaños.

Los que hemos vuelto a ganar las elecciones somos los abstencionistas convictos y confesos. La abstención ha subido al 38 por ciento, una de las más elevadas de la historia en las elecciones autonómicas al Parlamento vascongado.

No es que estemos hartos de unos o de otros; estamos hasta el gorro de todos ellos.

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